Historia de Roma de Indro Montanelli es la novela idónea para aquel lector que deseé aproximarse, sin ambages, al periodo más apasionante de toda la historia de ese valeroso pueblo. Y lo hace a través de pinceladas de humor y de un sentido positivo y divertido en ocasiones. Como periodista que fue, advierte en el prólogo a los lectores que no va a descubrir nada ni va a aportar nuevas revelaciones, sólo acercar Roma de forma sencilla y cordial, con estilo llano y fácilmente aceptable por la gran masa de lectores a través de una serie de retratos que iluminan a los protagonistas con una luz más veraz, despojándolos de paramentos ocultos.

Y del dicho al hecho. Montanelli consigue enganchar al lector por diferentes motivos. Los títulos son atractivos, los capítulos son cortos, el estilo es directo y llega fácil (no olvidemos que él fue periodista) y la información está justamente tratada con ese punto a veces picante, a veces tendencioso, pero siempre sincero y llano. Realmente, más que una novela, lo que tenemos entre manos es un libro de historia, pero no uno cualquiera, pues Montanelli huye de arquetipos. Nada de datos y referencias cansinas y nada de relatos anodinos. El autor cuenta cómo vivieron, cómo fueron educados, en qué creían y cómo prosperaron sus antepasados romanos. Explica con amenidad y sin formalismos la leyenda de su fundación, ahondando con sabiduría en los personajes principales que marcaron una época.

Un libro sin más pretensiones que las señaladas, pero muy a tono para aprender y conocer —a grandes rasgos— el mundo romano de la Antigúedad de forma

somera, práctica, cómoda y siempre acompañado de una sonrisa.

epublibre

Indro Montanelli

HISTORIA DE ROMA

ePub r1.3 Mezki 06.05.14

EDICIÓN DIGITAL

Título original: Storia di Roma

Indro Montanelli, 1957

Traducción: Domingo Pruna Moravia Retoque de cubierta: Mezki

Editor digital: Mezki

Corrección de erratas: Anónimo ePub base r1.1

Edición digital: epublibre (EPL), 2014 Conversión a pdf: FS, 2018

A Susina Moizzi

A LOS LECTORES

A medida que esta Historia de Roma salía por capítulos en Domenica del Corriere, comencé a recibir cartas cada vez más indignadas. Se me acusaba de ligereza, de despotismo, y, por algunos, francamente de impiedad por mi modo de tratar un tema considerado sagrado.

No me sorprendí, porque, en efecto, hasta ahora, para hablar de Roma, en italiano, no se ha usado más estilo que el áulico y apologético. Mas estoy persuadido de que precisamente por esto bien poco ha quedado en la cabeza del lector y que, terminado el bachillerato, entre nosotros casi ninguno siente la tentación de refrescarse el recuerdo de ella. No hay nada más fatigoso que seguir una historia poblada tan sólo de monumentos. Y yo mismo debí luchar no poco contra los bostezos cuando, cayendo en la cuenta de haber olvidado años ha todo o casi todo, quise volverla a estudiar desde el principio. Hasta que topé con Suetonio y con Dión Casio que, habiendo sido contemporáneos de aquellos monumentos, o por lo menos coevos, no alimentaban para con ellos un respeto tan reverente y timorato.

Siguiendo sus huellas, acabé hojeando también todos los demás historiadores y cronistas romanos.

Y fue como dar vida a la piedra. De golpe, aquellos protagonistas que en la escuela nos presentaron

momificados en una actitud, siempre la misma, no de hombres, sino de símbolos abstractos, perdieron su mineral inmovilización, se animaron, se colorearon de sangre, de vicios, de flaquezas, de tics y de pequeñas o grandes manías; tornáronse, en suma, vivientes y verdaderos.

¿Por qué habríamos de tener más respeto a esos personajes que el que les tuvieron los propios romanos? ¿Y se les hace un gran favor dejándoles sobre el pedestal en una fría sala de museo, que sólo los escolares, por motivo de exámenes, son conducidos a visitar obligados por el maestro? Conozco a jesuitas que, sin faltar a la ortodoxia, han escrito hagiografías libres de prejuicios, donde los santos aparecen como eran, hombres entre hombres, con sus terquedades y rarezas. El hecho de que muchos de ellos hayan cometido errores y que todos indistintamente hubiesen estado tentados de cometerlos, no quita nada a su santidad. Al contrario. Jesucristo hizo un apóstol de san Pedro, que había renegado de Él.

Lo que hace grande la Historia de Roma no es que haya sido hecha por hombres diferentes a nosotros, sino que haya sido hecha por hombres como nosotros. Ellos no tenían nada de sobrenatural, pues si lo hubiesen tenido nos faltarían razones para admirarles. Entre Cicerón y Carnelutti hay muchos puntos en común. César fue de joven un gran canalla, mujeriego toda su vida y peinaba bisoñé porque se avergonzaba de su calvicie. Esto no contradice su grandeza de general y de hombre de Estado. Augusto no pasó todo su tiempo, como una máquina, organizando el Imperio, sino también combatiendo la colitis y los reumatismos, y por poco no perdió su primera batalla, contra Casio y Bruto, a causa de un ataque de diarrea.

Creo que el daño más grande que pueda hacérseles es el de silenciar su humana verdad, como si se temiese verles disminuidos por ella. Roma fue Roma, no porque los héroes de su historia no hubiesen cometido delitos y patochadas, sino porque ni siquiera sus delitos y patochadas, aun cuando grandes y a veces inmensos, pudieron mellar su derecho a la preeminencia.

Con este libro no he descubierto nada. No pretende aportar nuevas «revelaciones», ni siquiera dar una interpretación original de la historia de la Urbe. Todo lo que aquí cuento ha sido contado ya. Yo sólo espero haberlo hecho de una manera más sencilla y cordial, en un estilo más llano y fácilmente aceptable por la gran masa de lectores, a través de una serie de retratos que iluminan a los protagonistas con una luz más veraz, despojándolos de los paramentos que los ocultaban.

A algunos les puede parecer una ambición modesta. A mí, no. La considero, al contrario, orgulloso. Si logro aficionar a la historia de Roma a algunos miles de italianos, hasta ahora desinteresados, debido a la enjundia de quien se la ha contado antes que yo, me consideraré un autor útil, afortunado y plenamente logrado, en buena paz con quien me acusa de ligereza, de desenfado, de derrotismo o, también, de irreverencia.

INDRO MONTANELLI

Milán, noviembre de 1957.

CAPÍTULO PRIMERO - AB URBE CONDITA

No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitualmente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos.

Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heme, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Y en cuanto a la historia de su patria, se la contaban más o menos así:

Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente «recomendado» (ciertas cosas se usaban ya en aquellos tiempos) por su madre, que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Con una maleta a los hombros,

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llena de imágenes de sus celestes protectores, entre los cuales, naturalmente, el puesto de honor correspondía a su buena mamá, pero sin una lira en el bolsillo el pobrecito se dio a recorrer mundo, al azar. Y después de no se sabe cuántos años de aventuras y desventuras, desembarcó, siempre con la maleta a cuestas, en Italia; se puso a remontarla hacia el Norte, llegó al Lacio, donde casó con la hija del rey Latino, que se llamaba Lavinia, fundó una ciudad a la que dio el nombre de la esposa, y al lado de ésta vivió feliz y contento el resto de sus días.

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, que bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta.

Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo. Mas no

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la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos.

Los maliciosos dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Mas acaso todo eso no son más que chismorreos.

Los dos gemelos mamaron la leche, luego pasaron a las papillas, después echaron los primeros dientes, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trote a Numitor. Después, impacientes, como todos los jóvenes, por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a puntó de desembocar en el mar. En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos,

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litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató de un badilazo.

Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra contabilidad.

Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber convirtióse en el espacio de pocos siglos en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces. Y en todo él se habló su lengua, se respetaron sus leyes, y se contaron los años ab urbe condita, o sea desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, comienzo de la historia de Roma y de su civilización.

Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero así los papas romanos quisieron durante muchos

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siglos que les fuesen contadas a sus hijos: un poco, porque creían en ellas y otro poco, porque, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubiesen prestado a ello de no haberles propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. Mas no nos precipitemos.

En la fábula de Rómulo y Remo, acaso no todo es fábula. Tal vez hay también algo de verdad. Tratemos de desentrañarlo basándonos en los datos bastante seguros que la Arqueología y la Etnología nos han proporcionado.

Parece ser que ya treinta mil años antes de la fundación de Roma, Italia estaba habitada por el hombre. Qué hombre fue, los entendidos dicen haberlo reconstruido con ciertos huesecitos de su esqueleto encontrados aquí y allá, y que se remontan a la llamada «edad de piedra». Pero nosotros nos fiamos poco de estas deducciones, y, por lo tanto, saltamos a

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una era más próxima, la «neolítica», de hace algo así como ocho mil años, o sea cinco mil antes de Roma. Parece ser que nuestra península estaba poblada entonces por ciertos ligures al norte y sículos al sur, gentes de cabeza en forma de pera, que vivían un poco en las cavernas, un poco en cabañas redondas construidas con estiércol y fango, domesticaban animales y se alimentaban de caza y pesca.

Hagamos otro salto de cuatro mil años, es decir lleguemos al año 2000 antes de Jesucristo. Y he aquí que del Septentrión, o sea de los Alpes, llegan otras tribus, quién sabe desde cuánto tiempo en marcha desde su patria de origen; la Europa central. Éstas no están mucho más adelantadas que los indígenas de cabeza en forma de pera; pero tienen la costumbre de construir sus viviendas no en cavernas, sino sobre estacas sumergidas en el agua, las llamadas palafitos. Proceden, se ve, de sitios pantanosos y, en efecto, al llegar a nuestro país eligen las regiones de los lagos, el Mayor, el de Como, el de Garda, anticipándose en algunos milenios al gusto de los turistas modernos, introducen en nuestro país algunas grandes innovaciones; la ganadería, la agricultura, el tejido de telas y la construcción de bastiones de barro y tierra apisonada en torno a los poblados para defenderlos tanto de los ataques de animales como de hombres.

Poco a poco empezaron a descender hacia el sur, donde se habituaron a construir cabañas también en tierra firme pero apuntalándolas todavía sobre estacas; aprendieron de ciertos primos suyos, instalados al parecer en Germania, el uso del hierro con el que fabricaron un montón de zarandajas nuevas: azadas, cuchillos, navajas, etc. y fundaron una verdadera ciudad, que se llamó Villanova, y

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que debió de estar emplazada en las cercanías de la que hoy es Bolonia. Éste fue el centro de una civilización que se llamó precisamente de Villanova y que poco a poco se extendió por toda la península. De ella se cree que derivan, como raza, como lengua y como costumbres los umbros, los sabinos y los latinos.

No se sabe lo que aquellos villanoveses, tras haberse establecido a horcajadas del Tíber, hicieron con los indígenas ligures y sículos. Tal vez les exterminaron, como era de uso en aquellos tiempos llamados «bárbaros» para distinguirlos de los nuestros en que se hace otro tanto si bien se llamen «civilizados»; acaso se mezclaron con ellos tras haberlos sometido. El hecho es que, hacia el año 1000 antes de Jesucristo, entre la desembocadura del Tíber y la bahía de Nápoles, los nuevos venidos fundaron muchas poblaciones que, aun cuando habitadas por gente de la misma sangre, se hacían la guerra entre y no se apaciguaban más que ante algún enemigo común o en ocasión de alguna fiesta religiosa.

La mayor y más poderosa de aquellas ciudades fue Alba Longa, capital de Lacio, a los pies del monte Albano que corresponde probablemente a Castelgandolfo. Los albalonganos son considerados como aquel puñado de jóvenes aventureros que un buen día emigraron una docena de kilómetros más hacia el Norte, y que fundaron Roma. Tal vez eran braceros, que iban en busca de un poco de tierra que apropiarse y cultivar. Tal vez eran un poco maleantes que tenían cuentas que ajustar con la policía y los tribunales de su ciudad. Tal vez eran emisarios mandados por su Gobierno a vigilar aquellos parajes, en los confines de la Toscana, en cuyas costas había desembarcado a la sazón un

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nuevo pueblo, el etrusco, que no se sabía de qué parte del Mundo venía, pero del que se decían pestes. Y tal vez entre aquellos pioneros había dos que verdaderamente se llamaban Rómulo y Remo. A pesar de todo, no debían de ser más de un centenar.

El lugar que eligieron tenía muchas ventajas y no pocas desventajas. A una veintena de kilómetros del mar, se hallaba a resguardo de los piratas que lo infestaban, y podía ser convertido en puerto, pues para las embarcaciones de aquel tiempo, el brazo de río que lo separaba de la desembocadura era fácilmente navegable. Pero las marismas y los pantanos que lo rodeaban lo condenaban al paludismo, enfermedad que ha llamado a sus puertas hasta hace pocos años. Pero estaban las colinas que, al menos en parte protegían a los habitantes de los mosquitos. Y fue, en efecto, en una de ellas, el Palatino, donde se alojaron primero, con el propósito de poblar también en seguida las otras seis que se elevaban en torno.

Mas, para poblarlas, tenían que nacer hijos. Y para ello, hacían falta esposas. Y aquellos pioneros eran solteros.

Aquí, en defecto de historia, hemos de volver por fuerza a la leyenda, que nos cuenta lo que hizo Rómulo, o como se llamase el capitoste de aquellos tipejos, para procurarse mujeres para él y sus compañeros. Organizó una gran fiesta, tal vez para celebrar el nacimiento de su ciudad e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos (o quirites), con su rey. Tito Tacio, y sobre todo, a sus hijas. Los sabinos acudieron. Mas, mientras estaban dedicados a apostar en las carreras a pie y a caballo, que era su deporte preferido, los dueños de la casa, muy poco deportivamente, les robaron a sus hijas y les echaron a ellos a puntapiés.

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Nuestros antiguos eran muy sensibles en cuestiones de mujeres. Poco antes, el rapto de una de ellas, Helena, había costado una guerra que duró diez años y que acabó con la destrucción de un gran reino: el de Troya. Los romanos las raptaron a docenas y es, por tanto, natural que el día siguiente tuvieran que enfrentarse con sus papas y hermanos, que volvieron, armados, a recuperarlas. Se atrincheraron en el Campidoglio, pero cometieron el imperdonable error de confiar las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica romana que, dícese, estaba enamorada de Tito Tacio. Abrió una puerta a los invasores, los cuales, gente caballeresca, por lo tanto, refractaria a toda traición, comprendieron la perpetrada en su favor y la recompensaron aplastando a la chica bajo sus escudos. Los romanos dieron más tarde su nombre a las rocas desde donde solían arrojar a los traidores a la patria condenados a muerte.

Todo acabó en un pantagruélico banquete nupcial. Pues las otras mujeres, en nombre de las cuales se había encendido la batalla, en cierto momento se interpusieron entre ambos ejércitos y declararon que no querían quedarse huérfanas, como habría sucedido si sus maridos romanos hubiesen vencido, o viudas, como habría ocurrido si hubiesen vencido sus papas sabinos. Y que ya era hora de dejarlo porque con aquellos maridos, aunque expeditivos y largos de manos, lo habían pasado muy bien. Mas valía regularizar los matrimonios, en vez de seguir degollándolos. Y así fue. Rómulo y Tacio decidieron gobernar juntos, ambos con el título de rey, aquel nuevo pueblo nacido de la fusión de las dos tribus, de las cuales llevó el nombre conjuntamente; romanos quirites. Y como que Tacio tuvo,

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acto seguido, la gentileza de morir, el experimento de reino a dos marchó bien aquella vez.

¡Quién sabe lo que se ocultaba bajo esta historia! Tal vez no sea más que la versión, sugerida por el patriotismo y el orgullo, de una conquista de Roma por parte de los sabinos. Pero puede darse también que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia del matrimonio, como se celebraba entonces, es decir, con el robo de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella, como todavía se hace en ciertos pueblos primitivos.

Si ocurrió verdaderamente así, es probable que esa fusión fuese, más que sugerida, impuesta por el peligro de un enemigo común: aquellos etruscos que, mientras tanto, se habían desparramado desde la costa tirrena por Toscana y Umbría y que, provistos de una técnica mucho más adelantada, presionaban hacia el Sur. Roma y la Sabina estaban en la dirección de esta marcha y bajo su amenaza directa. Efectivamente, no se libraron de ella.

La Urbe había nacido apenas y ya tenía que habérselas con uno de los más difíciles e insidiosos rivales de su historia. Lo abatió a través de prodigios de diplomacia primero, y de valor y tenacidad después. Pero necesitó siglos.

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CAPÍTULO Il - POBRES ETRUSCOS

En oposición a los romanos de hoy, que todo lo hacen en broma, los de la antigúedad lo hacían todo en serio. Especialmente cuando se metían en la cabeza destruir a un enemigo, no sólo le hacían la guerra, aun a costa de emplear ejército tras ejército y dinero sobre dinero, sino que después se le metían en casa y no dejaban piedra sobre piedra.

Un trato particularmente severo les reservaban a los etruscos, cuando, después de haber soportado muchas humillaciones, sintiéronse lo bastante fuertes para poder desafiarles. Fue una lucha prolongada y sin exclusión de golpes, pero al vencido no le dejaron ni ojos para llorar. Rara vez se ha visto en la Historia desaparecer a un pueblo de la faz de la Tierra y a otro borrar todas sus huellas con tan obstinada ferocidad. Y a esto se debe el hecho que de toda la civilización etrusca no haya quedado casi nada. Sólo se han conservado algunas obras de arte y unos miles de inscripciones, de las que solamente pocas palabras han sido descifradas.

Sobre esos escasísimos elementos, cada cual ha reconstruido aquel mundo a su manera.

Entretanto, nadie sabe con precisión de dónde procedía aquel pueblo. A juzgar como ellos mismos se representaron en los bronces y las vasijas de barro cocido, parece que eran más rollizos y corpulentos que los villanoveses y de rasgos

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que recuerdan a la gente del Asia Menor. En efecto, muchos sostienen que llegaron, por mar, de aquellas comarcas; y eso lo confirmaría el hecho de que fueron los primeros, entre los habitantes de Italia, que poseyeron una flota. No cabe duda de que fueron ellos quienes dieron el nombre de Tirreno, que quiere decir precisamente «etrusco», al mar que baña la costa de la Toscana. Tal vez llegaran en masa y sometieron a la población indígena, tal vez desembarcaron en corto número y se limitaron a someterla con sus armas más eficaces y su técnica más desarrollada.

Que su civilización era superior a la villanovesa lo demuestren los cráneos que han sido hallados en las tumbas y que muestran trabajos de prótesis dental bastante logrados. En la vida de los pueblos, los dientes son un signo de gran importancia. Se deterioran con el desarrollo del progreso que hace más imperiosa la necesidad de cuidados perfeccionados. Los etruscos conocían ya el «puente» para reforzar los molares y los metales que se necesitaban para fabricarlos. En efecto, sabían lograr no sólo el hierro que fueron a buscar y encontraron, en la isla de Elba, y que transformaron de bruto en acero, sino también el cobre, el estaño y el ámbar.

Las ciudades que inmediatamente se pusieron a construir en el interior, Tarquinia, Arezzo, Perusa, Veyes, eran mucho más modernas que los poblados fundados por los latinos, los sabinos y otras poblaciones villanovesas. Todas tenían bastiones de defensa, calles, y sobre todo, los albañales. Seguían, en suma, un «plan urbanístico», como se diría hoy, confiando a la competencia de ingenieros, que eran buenísimos para aquel tiempo, lo que los demás dejaban al acaso y al capricho de los individuos. Sabían organizarse

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para trabajos colectivos, de utilidad general, y lo demuestran los canales con los que avenaron aquellas comarcas infestadas por la malaria. Mas, sobe todo, eran formidables mercaderes, apegados al dinero y dispuestos a cualquier sacrificio por multiplicarlo. Los romanos ignoraban aún lo que había detrás del Soracte, montículo poco distante de su ciudad, cuando ya los etruscos habían llegado al Piamonte, Lombardía y Véneto, cruzado a pie los Alpes y, remontando el Ródano y el Rin, llevado sus productos a los mercados franceses, suizos y alemanes para cambiarlos con los de la localidad. Fueron ellos quienes llevaron a Italia la moneda como medio de cambio, que los romanos copiaron después; es ello tan cierto que dejaron grabada en ella la proa de una nave antes de haber construido jamás ninguna.

Era gente jovial, que se tomaba la vida por el lado más agradable, y por esto al final perdieron la guerra contra los melancólicos romanos que se la tomaban por el lado más austero. Las escenas reproducidas en sus vasijas y sepulcros nos muestran a hombres bien vestidos con aquella toga que después los romanos copiaron haciendo de ella su traje nacional, de luengos cabellos y barbas ensortijadas, muchas alhajas en el cuello, en los dedos, y siempre dedicados a beber, a comer y a conversar, cuando no practicaban alguno de sus ejercicios deportivos.

Estos consistían sobre todo en el boxeo, el lanzamiento del disco y la jabalina, la lucha y en otras dos manifestaciones que nosotros creemos, erróneamente, exquisitamente modernas y extranjeras: el polo y el toreo. Naturalmente, las reglas de aquellos juegos eran distintas a las que hoy se usan. Mas, sin duda, entonces, el espectáculo de la lucha entre el toro y el hombre en la arena era

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altamente estimado: hasta el punto de que los que morían querían llevarse a la tumba alguna escena-recuerdo pintada en las vasijas, para continuar divirtiéndose con ellos también en el más allá.

Un gran paso adelante respecto a las arcaicas y patriarcales costumbres romanas y de los demás indígenas, era la condición de la mujer, que en los etruscos gozaba de gran libertad, y que, en efecto, viene representada en compañía de los varones, tomando parte en sus diversiones. Parece ser que eran mujeres muy bellas y de costumbres muy libres. En las pinturas aparecen enjoyadas, llenas de afeites y sin demasiadas preocupaciones de pudor. Comen a más no poder, y beben a gollete, tendidas con sus hombres en amplios sofás. O bien tocan la flauta y danzan. Una de ellas, que luego alcanzó gran importancia en Roma, Tanaquila, era una «intelectual» que sabía mucho de matemáticas y de medicina. Lo que quiere decir que, a diferencia de sus colegas latinas condenadas a la más negra ignorancia, iban a la escuela y estudiaban. Los romanos, que eran grandes moralistas, llamaban «toscanas», o sea etruscas, a todas las mujeres de costumbres fáciles. Y en una comedia de Plauto figura una chica acusada de seguir «costumbres toscanas» porque hace de prostituta.

La religión, que es siempre la proyección de la moral de un pueblo, estaba centrada en un dios llamado Tinia, que ejercía su poder con el rayo y el trueno. No gobernaba directamente a los hombres sino que confiaba sus órdenes a una especie de gabinete ejecutivo, compuesto de doce grandes dioses, tan grandes que era incluso un sacrilegio pronunciar sus nombres. Abstengámonos de ello, pues, nosotros también, para no confundir la cabeza de quien nos

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lee. Todos juntos formaban el gran tribunal del más allá, donde los «genios», especie de dependientes o de guardias municipales, conducían las almas de los difuntos, en cuanto habían abandonado sus respectivos cuerpos. Y allí comenzaba un proceso en toda regla. Quien no lograba demostrar haber vivido según los preceptos de los jueces, era condenado al infierno, a menos que los parientes y amigos vivos hiciesen por él muchos rezos y sacrificios para obtener su absolución. Y en este caso quedaba absuelto en el paraíso, para continuar gozando en él de los placeres terrenales a base de bebida, comilonas, sopapos y cancioncillas, cuyas escenas se había hecho esculpir en el sepulcro.

Pero del paraíso parece ser que los etruscos hablaban poco y raramente, dejándolo más bien en lo vago. Tal vez iban muy pocos para saber algo preciso de él. De lo que estaban informadísimos era sobre el infierno, del que conocían, uno por uno, todos los tormentos que en él se padecían. Evidentemente, sus sacerdotes creían que, para tener sujeta a la gente, valían más las amenazas de la condenación que las esperanzas de la absolución. Y este modo de ver las cosas se ha perpetuado hasta los tiempos más recientes, hasta los de Dante, que, nacido en Etruria también, manifestó el mismo parecer y se prodigó más acerca del infierno que sobre el paraíso.

Con eso no debemos creer que los etruscos fuesen florecillas de gentileza. Mataban con relativa facilidad, aunque fuese con la buena intención de ofrendar en sacrificio la víctima por la salvación de algún amigo o pariente. Sobre todo, los prisioneros de guerra, eran destinados a ese cometido. Trescientos romanos, capturados

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en una de las muchas batallas que se libraron entre los dos ejércitos, fueron muertos por lapidación en Tarquinia. Y sobre sus hígados todavía palpitantes de vida trataron a la mañana siguiente de determinar los futuros eventos de la guerra. Evidentemente, no lo lograron, que, de lo contrario, la hubiesen interrumpido en seguida. Pero la costumbre era frecuente, aunque en general se servían de vísceras de algún animal, oveja o toro, lo que los romanos copiaron.

Políticamente, sus dispersas ciudades no consiguieron unirse jamás, y desgraciadamente no hubo ninguna lo bastante poderosa para tener en un puño a las otras, como hizo Roma con las rivales latinas y sabinas. Hubo una federación llamada de Tarquinia, mas no acabó con las tendencias separatistas. Los doce pequeños Estados que formaban parte de ellas, en vez de unirse contra el enemigo común, se dejaron derrotar y anexionarse por Roma uno tras otro. Su diplomacia era como la de ciertas naciones europeas que prefieren morir solas que vivir juntas.

Todo ello ha sido reconstruido, a copia de deducciones, con los restos del arte etrusco que se han conservado y que constituyen la sola herencia dejada por aquel pueblo. Se trata especialmente de cerámica y bronces. Entre la cerámica, la hay bellísima, como el Apolo de Veyes, llamado también Apolo caminante, de terracota policroma, que denota en los alfareros etruscos una gran pericia y un gusto refinado. Son casi siempre de imitación griega y, salvo algún raro ejemplar como el «búcaro negro», no nos parecen gran cosa.

Pero por muy escasos que sean estos restos, bastan para hacernos comprender cómo los romanos, una vez hubieron oprimido a los etruscos, tras haber seguido un poco su

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escuela y haber soportado su superioridad sobre todo en el campo técnico y de organización, no sólo destruyeron a este pueblo, sino que procuraron borrar toda huella de su civilización. La consideraban enferma y corruptora. Copiaron todo lo que les acomodó. Mandaron a las escuelas de Veyes y de Tarquinia a sus jóvenes para instruirles sobre todo en medicina e ingeniería. Imitaron la toga. Adoptaron el uso de la moneda. Y tal vez tomaron prestada también la organización política, que, sin embargo, los etruscos tuvieron en común con todos los demás pueblos de la antigúedad y que pasó, también en su caso, de un régimen monárquico a otro republicano, regido por un lucumón, magistrado electivo, y, por fin, a una forma de democracia dominada por las clases ricas. Pero las propias costumbres, basadas en el sacrificio y la disciplina social, Roma quiso preservarlas de la molicie etrusca. Comprendió instintivamente que no bastaba vencer en la guerra al enemigo y ocupar sus tierras, si después se le daba la oportunidad de contaminar la casa del amo, asimilándolo en calidad de esclavo o de preceptor, como solía hacerse en aquellos tiempos con los vencidos. No sólo destruyó al pueblo etrusco, sino que empeñóse en sepultar todos sus documentos y monumentos.

Esto sucedió, empero, mucho tiempo después de que se hubiese establecido contacto entre los dos pueblos, que precisamente ya se habían encontrado en Roma cuando vinieron los albalonganos y hallaron, al parecer, instalada ya una pequeña colonia etrusca, que había dado al sitio un nombre de su país. Parece, en efecto, que «Roma» proviene de «Rumón», que en etrusco quiere decir «río». Y si esto es verdad, hay que deducir que la primera población de la Urbe

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la integraban no solamente latinos y sabinos, pueblos de la misma sangre y del mismo tronco como haría creer la historia del famoso «rapto», sino también etruscos gente de raza, lengua y religión muy diferentes. Es más: según ciertos historiadores, el propio Rómulo había sido etrusco. De todos modos, etrusco fue ciertamente el rito según el cual se fundó la ciudad, al trazar un surco con un arado arrastrado por un buey y una yegua blancos, después que doce pájaros de buen agúero hubieron revoloteado sobre sus cabezas.

Sin querer ponernos a competir con los entendidos que hace siglos vienen discutiendo sobre esos problemas sin lograr ponerse de acuerdo, diremos aquella que nos parece más probable de las dos versiones.

Cuando latinos y sabinos llegaron a orillas del Tíber, los etruscos, que tenían la pasión del turismo y del comercio, habían fundado ya en ellas un pequeño poblado, el cual debía servir de estación de maniobras y de abastecimiento para sus líneas de navegación hacia el sur. Aquí, y especialmente en Campania, habían establecido ya ricas colonias; Capua, Nola, Pompeya y Herculano, donde las poblaciones locales que se llamaban sannitas y que eran de origen villanovés a su vez, iban a cambiar sus productos agrícolas con los industriales que llegaban de la Toscana. Era difícil, desde Arezzo o desde Tarquinia, llegar hasta allí por vía terrestre. No había caminos y la región estaba infestada de animales salvajes y de bandidos. Mucho más fácil, visto que eran los únicos que poseían una flota, era para los etruscos ir por mar. Pero el viaje era largo y requería semanas enteras. Las naves, grandes como cascarones de nuez, no podían embarcar muchos víveres para los hombres, y necesitaban de puertos, a lo largo de la ruta, donde

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proveerse de agua y harina para el resto del trayecto. La desembocadura del Tíber, a mitad del camino, constituía una cómoda bahía para llenar las bodegas vacías, y además, navegable como era en aquellos tiempos, ofrecía asimismo un cómodo medio para remontar hasta el interior y llevar a cabo algún negociejo con los latinos y los sabinos que lo habitaban. La región estaba salpicada no se sabe si de una treintena o una setentena de burgos, cada uno de los cuales constituía un pequeño mercado de intercambio. No es que pudieran hacerse grandes negocios porque el Lacio, en aquellos tiempos, no era rico más que en madera, debido (¿quién lo diría, hoy?) a sus maravillosos bosques. Por lo demás, no producía ni siquiera trigo, sino solamente farro, y un poco de vino y de aceitunas. Mas los etruscos, con tal de hacer dinero, se contentaban con poco, y el vicio les ha quedado.

Por esto fundaron Roma, llamándola así o con otros nombres, pero sin dar demasiada importancia a la cosa. ¡A saber cuántas Romas había escalonadas a lo largo de la costa tirrena entre Liorna y Nápoles! Y pusieron en ellas, para cuidarlas, una guarnición de marineros y de mercaderes que tal vez consideraban aquel traslado como un castigo. Debían mantener en orden sobre todo el astillero para la reparación de las naves deterioradas por las tempestades, y los almacenes para abastecerlas.

Después, un buen día, empezaron a llegar por grupos los latinos y los sabinos, un poco tal vez porque comenzaban a sentirse estrechos en sus casas, y un poco porque también ellos tenían ganas de comerciar con los etruscos, de cuyos productos estaban necesitados. Que entonces tuviesen ya un plan estratégico o de conquista, primero de Italia y después

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del Mundo, y que por esto considerasen indispensable la posición de Roma, son fantasías de los historiadores contemporáneos. Aquellos latinos y sabinos eran unos rusticotes de pasta labriega, para los cuales la Geografía se resumía en el huerto doméstico.

Es probable que estos nuevos venidos hayan llegado a las manos entre ellos. Mas es también probable que después, en vez de destruirse recíprocamente, se hayan aliado, para hacer frente a los etruscos que debían mirarles un poco como los ingleses miran a los indígenas, en sus colonias. Ante aquella gente forastera que les trataba de arriba abajo y que hablaba un idioma incomprensible para ellos debieron darse cuenta de ser hermanos, familiarizados por la misma sangre, la misma lengua e idéntica miseria. Por esto pusieron en común lo poco que tenían: las mujeres. El famoso rapto no es probablemente más que el signo de este acuerdo, del cual es natural que los etruscos hayan quedado excluidos, pero por propia voluntad. Se sentían superiores y no querían mezclarse con aquella chusma.

La división racial continuó lo menos cien años, durante los cuales latinos y sabinos, fusionados ya en el tipo romano, debieron de tragar mucha saliva. Cuando, después de Tarquino el Soberbio, que fue el último rey, pudieron tomar la ventaja, la venganza no conoció cuartel. Y tal vez el ensañamiento que pusieron en destruir la Etruria no sólo como Estado, sino también como civilización, les fue inspirado precisamente por las humillaciones que los etruscos les habían hecho sufrir incluso en su patria. Y quisieron depurarlo todo de ellos, hasta la historia, dando un certificado de nacimiento latino también a Rómulo, que acaso lo tuviera etrusco, y haciendo remontar a la unión con

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los sabinos, el origen de la ciudad.

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CAPÍTULO II - LOS REYES AGRARIOS

Cuando Rómulo murió, muchos años después de haber enterrado a Tito Tacio, los romanos dijeron que el dios Marte le había raptado para conducirle al cielo y transformarle en dios, el dios Quirino.

Y como a tal le veneraron a partir de entonces, como hacen hoy los napolitanos con san Genaro.

Le sucedió, como segundo rey, Numa Pompilio, al que la tradición nos describe como mitad filósofo y mitad santo, como lo fue, varios siglos después Marco Aurelio. Lo que más le interesaba eran las cuestiones religiosas. Y dado que en esta materia debía de existir una gran anarquía porque cada uno de los tres pueblos veneraba a sus propios dioses, entre los cuales no se alcanzaba a comprender cuál era el más importante, Numa decidió poner orden. Y para imponer este orden a sus rencillosos súbditos, hizo cundir la noticia de que cada noche, mientras dormía, la ninfa Egeria iba a visitarle en sueños desde el Olimpo, para transmitirle directamente las instrucciones para ello. Quien hubiese desobedecido, no era el rey, hombre entre los hombres, que habría tenido que habérselas, sino con el padre eterno en persona.

La estratagema puede parecer infantil, mas también hoy sigue arraigando, de vez en cuando. En pleno siglo xx,

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Hitler, para hacerse obedecer por los alemanes, no supo escoger otra mejor. Y de vez en cuando descendía de la montaña de Berchstegaden con alguna nueva orden del buen Dios en el bolsillo: la de exterminar a los hebreos, por ejemplo, o la de destruir Polonia. Y lo bueno es que, al parecer, también él se lo creía. En estos asuntos, la Humanidad no ha progresado mucho desde los tiempos de Numa.

Sin embargo, también en esta leyenda acaso hay un fondo de verdad, o, al menos, una indicación que nos permite reconstruirla. Hayan sido los que fueren sus nombres y sus orígenes, los de la antiquísima Roma, más que verdaderos reyes debieron de ser papas, como por lo demás lo era el «arconte Basileo» en Atenas.

En aquellos tiempos, todas las autoridades se apoyaban ante todo en la religión. El poder del mismo paterfamilias, o jefe de casa, sobre la esposa, los hermanos menores, los hijos, los nietos y los siervos, era más que nada el de un sumo sacerdote a quien el buen Dios había delegado ciertas funciones. Y por esto era tan fuerte. Y por esto las familias romanas eran tan disciplinadas. Y por esto cada cual asumía los propios deberes y los cumplía en la paz y en la guerra.

Numa, al establecer un orden de prioridad entre los varios dioses que cada uno de los distintos pueblos que la formaban se habían traído a Roma, realizó tal vez una obra política fundamental: la que después permitió a sus sucesores, Tulio Hostilio y Anco Marcio, conducir el pueblo unido a las guerras victoriosas contra las ciudades rivales de la región. Mas como poderes políticos auténticos, no debían de tener muchos, porque los más grandes y decisivos permanecían en manos del pueblo que les elegía y ante el

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cual tenían siempre que responder.

Esto, de por sí, no significaría nada, porque en todos los tiempos y bajo cualquier régimen quien manda dice que lo hace en nombre del pueblo. Mas en Roma no se trató de palabrerías, al menos hasta la dinastía de los Tarquines, los cuales, por lo demás, perdieron el trono precisamente porque quisieron quedarse sentados como dueños en vez de como «delegados». Y la división del mando estaba hecha aproximadamente así.

La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias o barrios. Cada curia, en diez gentes, o manzanas de casas y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curiado, que entre otras cosas se ocupaba también de la elección del rey cuando uno moría. Todos tenían igual derecho a voto. La mayoría decidía. El rey desempeñaba su cargo.

Era la democracia absoluta, sin clases sociales, la cual funcionó mientras Roma fue un pequeño y pacífico villorrio habitado por poca gente que raramente asomaba la cabeza fuera de los muros. Después, los habitantes aumentaron y aumentaron también las exigencias. El rey, que antes, además de decir la misa, o sea celebrar las sacrificios y los otros ritos de la liturgia, debía aplicar también las leyes, o sea actuar de juez, ya no tuvo tiempo para asumir todos estos cometidos y comenzó a nombrar «funcionarios» a quienes encomendárselos. Así nació la llamada «burocracia». El que había sido ante todo un sacerdote, se torna obispo y designa párrocos y curas que le ayudan en las funciones religiosas. Después necesita también de quien

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provea a los caminos, al censo, al catastro, a la higiene y nombra personas competentes que se ocupen de esos asuntos. Así nace el primer «ministerio»; el llamado Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por un centenar de miembros que eran descendientes, por derecho de primogenitura, de los pioneros venidos con Rómulo a fundar Roma y que, al principio, tan sólo tienen la misión de aconsejar al soberano, pero que después se tornan más influyentes.

Y por fin nace, como organización estable, el ejército, basado a su vez sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales había de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión, que fue el primero y el único cuerpo de ejército de la antiquísima Roma. Sobre los soldados, el rey, que era su comandante supremo, tenía derecho de vida o de muerte. Mas tampoco este poder militar lo ejerce de manera absoluta y sin control. Dirige las operaciones, pero después de haber pedido consejo al comido centuriado, o sea a la legión en armas, cuya aprobación solicita también para el nombramiento de los oficiales que en aquellos tiempos se llaman pretores.

En suma, todas las precauciones habían sido tomadas por los romanos para que el rey no se convirtiese en un tirano. Tenía que quedarse en «delegado» de la voluntad popular. Cuando una bandada de pájaros pasaba por los aires o un rayo partía un árbol, era deber suyo reunir a los sacerdotes, estudiar con ellos lo que querían decir aquellos signos, y, si le parecía que significaban algo no muy bueno, decidir qué sacrificios había que hacer para aplacar a los dioses,

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evidentemente ofendidos por algo. Cuando dos particulares litigaban entre y acaso uno robaba o degollaba al otro, no era asunto suyo ocuparse de ello. Mas si uno cometía algún delito contra la comunidad o el Estado, entonces se lo hacía conducir a su presencia por unos guardianes y tal vez le condenaba a muerte. Por lo demás, no podía tomar decisiones. Tenía que pedirlas en tiempo de paz a los comicios curiados y en tiempos de guerra a los centuriados. Si era astuto, lograba, como todavía ocurre hoy, presentar como «voluntad del pueblo» la suya personal. De lo contrario, tenía que soportarla. Mas siempre tenia que rendir cuentas, para ejecutarla, al Senado.

Tal era la ordenación que el primer rey de Roma, haya sido o no Rómulo, y fuese la que fuere la raza a la que pertenecía, dio a la Urbe. Y tal fue la que su sucesor Numa dejó a su sucesor Tulio Hostilio, que era de temperamento mucho más vivaz.

Éste llevaba en la sangre la política, la aventura y la codicia. Pero el hecho de que el comicio le hubiese elegido precisamente a él por soberano, significaba que, tras los cuarenta años de paz que le asegurara Numa, toda Roma tenía muchas ganas de pegar puñetazos. De los burgos y ciudades que la circundaban, Alba Longa era la más rica e importante. No sabemos qué pretexto escogió Tulio para declararles la guerra. Tal vez ninguno. Mas ocurrió que un buen día los atacó y las arrasó, por bien que la leyenda haya transformado aquel acto de fuerza en un acto caballeroso y casi simpático. Dícese, en efecto, que ambos ejércitos remitieron la suerte de las armas a un duelo entre tres Horacios romanos y tres Curiacios albalonganos. Éstos mataron a dos Horacios. Pero el último, a su vez, les mató a

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ellos y decidió la guerra. Permanece el hecho de que Alba Longa fue destruida y su rey atado por las dos piernas a dos carros que, lanzados en dirección opuesta, le despedazaron. Así fue como Roma trató a la que consideraba como su madre patria, la tierra de donde decía que sus fundadores habían venido.

Naturalmente, el advenimiento debió de alarmar un poco a todas las demás poblaciones de la región que, no habiendo experimentado la influencia etrusca, se habían quedado atrasados en el llamado progreso y, por tanto, se sentían más débiles y estaban peor armadas que los romanos. Tulio Hostilio y su sucesor Anco Marcio, que siguió el ejemplo, buscaron camorra un poco con todas ellas.

Para concluir, el día en que fue elevado al trono Tarquino Prisco como quinto rey, Roma era ya el enemigo público número uno de aquella región cuyos límites no se conocen con exactitud, pero que debía de extenderse aproximadamente hasta Civitavecchia al Norte, hasta cerca de Riti al Este y hasta Frosinone, al Sur.

Ahora bien, es muy probable que esa política de conquista, destinada a tornarse aún más agresiva con los tres últimos reyes de la dinastía Tarquina, fuese de inspiración sobre todo etrusca. Y esto por un simple motivo: que, mientras latinos y sabinos eran agricultores, los etruscos eran industriales y comerciantes. Cada vez que estallaba una nueva guerra, los primeros tenían que abandonar sus tierras, dejándolas arruinar para enrolarse en la legión y arriesgaban perderlas si el enemigo vencía. Los segundos, en cambio, llevaban siempre las de ganar: aumentaban los consumos, llovían los «pedidos» del gobierno y, en caso de victoria, conquistaban nuevos

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mercados. En todos los tiempos y en todas las naciones ha sido siempre así; los habitantes de las ciudades quieren las guerras contra la voluntad de los campesinos que, además, tienen que hacerlas. Cuanto más se industrializa un Estado, más ventaja saca la ciudad al campo y más aventurera y agresiva se torna su política.

Hasta el cuarto rey, el elemento campesino prevaleció en Roma y su economía fue sobre todo agrícola. Aquellos tres mil trescientos hombres que constituían su ejército nos demuestran que la población total debía ascender a unas treinta mil almas, de las cuales la mayor parte estaba seguramente diseminada en el campo. En la ciudad propiamente dicha debió de estar, poco más o menos, la mitad, que a la sazón se había desparramado desde el Palatino sobre las demás colinas. La mayor parte de ellos vivían en cabañas de barro construidas confusa y desordenadamente, con una puerta para entrar en ellas, pero sin ventanas y una sola estancia donde comían, bebían y dormían todos juntos, papá, mamá, hijos, nueras, yernos, nietos esclavos (quien los tenía), gallinas, asnos, vacas y cerdos. Por la mañana, los nombres bajaban al llano para labrar la tierra. Y entre ellos estaban también los senadores que, como todos los demás, uncían sus bueyes y sembraban la simiente o segaban las espigas. Los chicos les ayudaban, pues la labor del campo era su única y verdadera escuela, su único y verdadero deporte. Y los padres aprovechaban la ocasión para enseñarles que la semilla sólo daba buen fruto cuando el cielo mandaba agua y sol en justas dosis sobre la gleba, solamente cuando los dioses lo querían; que los dioses sólo querían cuando los hombres había cumplido sus deberes para con ellos; y que el primero de estos deberes

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consistía en la obediencia de los jóvenes a los viejos.

Así crecían los ciudadanos romanos, al menos los de ascendencia latina y sabina, que debían de constituir la mayoría. La higiene y el cuidado de la propia persona debían estar reducidos al mínimo, incluso para las mujeres. Nada de afeites, nada de coqueterías, poca o ninguna agua, que las mujeres tenían que ir a buscar abajo y traer en ánforas puestas sobre la cabeza. No había retretes ni cloacas. Se hacían las necesidades puertas afuera y allí se dejaban. Barbas y cabello crecían descuidadamente. En cuanto al vestir, no hagáis caso de los monumentos, que, por lo demás, pertenecen a épocas mucho más recientes, cuando Roma poseía una verdadera industria textil y una categoría de sastres evolucionados, que en su mayor parte eran de origen y de escuela griegos. En aquellos tiempos lejanos, la toga, que después adquirió tanta grandiosidad, o no había nacido aún o estaba reducida a su aspecto más elemental. Tal vez se parecía a la túnica que actualmente llevan los abisinios un pingajo blanco, tejido en casa por las esposas e hijas con lana de oveja, con un agujero en medio para pasar la cabeza. Pocos tenían una de recambio. En general llevaban siempre la misma, en verano y en invierno, de día y de noche, imaginad con qué consecuencias.

No se privaban de ningún placer, ni siquiera de los la mesa. Contra las teorías de los modernos científicos americanos, según los cuales la fuerza de un pueblo es condicionada por su consumo de calorías y vitaminas, que a su vez es condicionado por la variedad de alimentos, los romanos demostraron que se puede conquistar también el Mundo comiendo tan sólo un amasijo mal cocido de agua y harina, dos aceitunas y un poco de queso, regado solamente

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los días de fiesta con un vaso de vino. El aceite parece ser que llegó más tarde y al principio sólo lo usaron para untarse la piel, en defensa de las quemaduras del frío y de las del sol. Lo que debía aumentar no poco el hedor general.

A este régimen no escapaba siquiera el rey, que tan sólo con la dinastía de los Tarquino tuvo un uniforme, un yelmo e insignias especiales. Hasta Anco Marcio, fue igual entre los iguales, también aró la tierra detrás de bueyes uncidos al yugo, sembró la simiente y segó la espiga. No parece ser cierto que tuviese un palacio o por lo menos una oficina. Sí, en cambio, que andaba entre la gente sin una escolta de protección porque, de haber tenido una, todos le habrían acusado de querer reinar por la fuerza en vez de con el consenso del pueblo. Las decisiones las tomaba bajo un árbol, o sentado a la puerta de su casa, tras haber oído las opiniones de los ancianos que formaban círculo a su alrededor. Subía a la cátedra y tal vez también vestía un traje especial, sólo cuando tenía que realizar un sacrificio o celebrar alguna otra ceremonia religiosa.

Tampoco los romanos iban a la guerra con algo que semejase una organización militar propiamente dicha. El pretor que mandaba la centuria o la decuria no tenía insignias de grado. Las armas eran sobre todo garrotes, piedras y toscas espadas. Hizo falta tiempo antes de que se llegase al yelmo, al escudo y a la coraza, invenciones que entonces debieron de hacer el efecto que en nuestros días hicieron la ametralladora y el tanque. Así pues, las grandes campañas que Roma emprendió bajo sus primeros y belicosos reyes debieron de semejar más que nada expediciones punitivas y resolverse en grandes matanzas de hombre contra hombre, sin asomo de táctica y de estrategia.

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Los romanos las ganaron no tanto porque eran los más fuertes, cuanto porque eran los más convencidos de que su patria había sido creada por los dioses para realizar grandes empresas y que morir por ella constituía no un mérito, sino solamente el pago de una deuda contraída en el momento de nacer.

El enemigo una vez batido, cesaba de ser un «sujeto» para convertirse solamente en un «objeto». El romano que lo había hecho prisionero le consideraba como una cosa propia: si estaba de mal humor, lo mataba; si estaba de buen humor, se lo llevaba a casa como esclavo y podía hacer de él lo que quisiera: matarlo, venderlo, obligarlo a trabajar... Las tierras eran requisadas por el Estado y cedidas en arriendo a los súbditos. Con mucha frecuencia se destruían las ciudades y se deportaba a sus moradores.

Con estos sistemas, Roma creció a expensas de los latinos del Sur, de los sabinos y de los ecuos al Este, y de los etruscos al Norte. En el mar, del que distaba pocos kilómetros no osaba aventurarse porque todavía no tenía una flota y su población campesina desconfiaba de él por instinto. Bajo Rómulo, Tito Tacio, Tulio Hostilio y Anco Marcio, los romanos fueron «rurales» y su política «terrestre».

Fue el advenimiento de una dinastía etrusca lo que cambió radicalmente las cosas, tanto en la política interior como en la exterior.

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CAPÍTULO IV - LOS REYES MERCADERES

No se sabe con precisión cuándo y cómo murió Anco Marcio. Mas debió de ser a los ciento cincuenta años del día en que, según la leyenda, fue fundada Roma, o sea hacia 600 antes de Jesucristo. Parece ser de todos modos, que en aquel momento se hallaba en la ciudad un tal Lucio Tarquino, personaje muy diferente de los que los romanos solían elegirse hasta como reyes y magistrados.

No era de allí. Venía de Tarquinia y era hijo de un griego, Demaratos, emigrado de Corinto que se casó con una mujer etrusca. De este enlace nació un niño vivaz, brillante, sin prejuicios, muy ambicioso, que tal vez los romanos, cuando vino a establecerse entre ellos, miraron con una mezcla de admiración, de envidia y de desconfianza. Era rico y despilfarrador entre gente pobre y tacaña. Era elegante en medio de los palurdos. Era el único que sabía de Filosofía, de Geografía y Matemáticas en un mundo de pobres analfabetos. En cuanto a la política, sangre griega más que sangre etrusca debían hacer de él un diplomático de mil recursos entre conciudadanos que pocos debían de tener. Tito Livio dice de él: Fue el primero que intrigó para hacerse elegir rey y pronunció un discurso para asegurarse al apoyo de

la plebe.

Que haya sido el primero, lo dudamos. Pero de que haya

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intrigado, estamos seguros. Probablemente las familias etruscas, que constituían una minoría, pero rica e influyente, vieron en él a su hombre, y, cansadas de ser gobernadas por reyes pastores y labradores, de raza latina y sabina, sordos a sus necesidades comerciales y expansionistas, decidieron elevarle al trono.

Cómo anduvieron las cosas, se ignora. Mas la alusión de Tito Livio a la plebe nos permite hacernos una idea de ello. La plebe es un elemento nuevo en la historia romana, o por lo menos, un elemento que no se había hecho notar bajo los cuatro primeros reyes, que no tenían necesidad alguna de hablar a la plebe para ser elegidos por la sencilla razón de que en sus tiempos no había plebe. En los comicios curiados, que precedían a la investidura del soberano, no existían diferencias sociales. Todos eran ciudadanos, todos eran grandes o pequeños propietarios de tierras; todos tenían, por lo tanto, formalmente los mismos derechos, aunque, por la fuerza de las cosas en la práctica, hubiesen después algunos profesionales de la política para tomar las decisiones e imponerlas a los demás.

Era una perfecta democracia casera, donde todo se hacía a la luz del sol y se discutía entre ciudadanos iguales, y lo que contaba, para la distribución de cargos, era la estima y el prestigio de que uno gozaba. Pero todo ello presuponía la pequeña ciudad que fue Roma en aquel su primer siglo de vida, encerrada es su angosta valla de casuchas, y donde cada uno conocía al otro y sabía de quién era hijo y qué había hecho y cómo trataba a su mujer y cuánto gastaba para comer y cuántos sacrificios realizaba en nombres de los dioses.

Pero a la muerte de Anco Marcio la situación había

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cambiado completamente. Las necesidades bélicas habían estimulado la industria y, por tanto, favorecido al elemento etrusco, del cual procedían carpinteros, herreros, armeros y mercaderes. Llegados de Tarquinia, de Arezzo, de Veyes, las tiendas se llenaron de dependientes y de aprendices que, conociendo bien el oficio, montaron otras tiendas. La elevación de salarios atrajo a la ciudad mano de obra campesina. Los soldados, después de haber hecho la guerra, regresaban a desgana al campo y preferían quedarse en Roma, donde se encontraban con más facilidad mujeres y vino. Mas sobre todo las victorias habían hecho confluir torrentes de esclavos. Y era esta multitud forastera que formaba el plenum, de la que procede la palabra plebe.

Lucio Tarquino y sus amigos etruscos debieron ver en seguida el provecho que se podía sacar de esa masa de gente, en su mayor parte excluida de los comicios curiados, si se llegara a convencerla de que sólo un rey también forastero podría hacer valer sus derechos. Y por esto los arengó, prometiéndoles quién sabe qué, acaso lo que después hizo de verdad. En aquella ocasión tenían detrás de lo que hoy se llamaría la «gran industria»; los Cini, los Marzotto, los Agnelli, los Pirclli, los Falck de la antigua Roma: gente que podía gastar cuanto dinero quería en propaganda electoral, y que estaba decidida a hacerlo para garantizarse un Gobierno más dispuesto que los precedentes a tutelar sus intereses y a seguir aquella política expansionista que era la condición de su prosperidad.

Ciertamente, lo consiguieron, pues Lucio Tarquino fue el elegido con el nombre de Tarquino Prisco, permaneció en el trono treinta y ocho años y, para librarse de él, los «patricios», o sea los «rurales», tuvieron que hacerle

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asesinar. Mas inútilmente. Ante todo, porque la corona, después de él, pasó a su hijo y después, a su nieto. En segundo lugar, porque, más que la causa, el advenimiento de los Tarquino fue efecto de una cierta vuelta que la historia de Roma había sufrido y que no le permitía ya volver a su primitivo y arcaico orden social y la política que de éste derivaba.

El rey de la «gran industria» y de la plebe fue un rey autoritario, guerrero, planificador y demagogo. Quiso un palacio y se lo hizo construir según el estilo etrusco, mucho más refinado que el romano. Además, hizo colocar un trono en palacio, y en él se sentó en magna pompa, con el cetro en la mano y un yelmo empenachado. Debió hacerlo un poco por vanidad y un poco porque sabia con quién trataba, y que la plebe, a la cual debía su elección y de la cual se proponía conservar el favor, amaba el fasto y quería ver al rey de uniforme de gran gala, rodeado por coraceros. A diferencia de sus predecesores, que pasaban la mayor parte del tiempo diciendo misa y haciendo horóscopos, él la pasó ejerciendo el poder temporal, es decir, haciendo política y guerras. Primero subyugó todo el Lacio, después buscó camorra con los sabinos y les robó otra parte de tierras. Para hacerlo, necesitó muchas armas que la industria pesada le proporcionó, haciendo encima grandes negocios, y muchos suministros que los mercaderes le aseguraron, ganando encima amplias prebendas. Los historiadores republicanos y antietruscos escribieron después que su reinado fue todo un estraperlo de ganancias ilícitas, el triunfo de la propina y del «sobrecito», y que el botín cogido a los vencidos lo empleó en embellecer, no Roma, sino las ciudades etruscas, particularmente Tarquinia, que le viera nacer.

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Lo dudamos, pues fue precisamente bajo su mando cuando Roma dio un salto adelante, especialmente en materia de monumentos y de urbanizaciones. Sobre todo, construyó la cloaca máxima, que por fin liberó a los ciudadanos de sus detritos, con los que hasta entonces habían convivido. Además finalmente, la Urbe comenzó a serlo de veras, con calles bien trazadas, barrios delimitados, casas que ya no eran cabañas sino verdaderas construcciones, de techo inclinado a ambos lados, con ventanas y atrio, y un foro, o sea una plaza central, donde todos los ciudadanos se reunían.

Desgraciadamente, para llevar a cabo esta auténtica revolución que modificaba no solamente la faz externa de Roma sino también su modo de vida, hubo de soportar la hostilidad del Senado, depositario de la antigua tradición y poco dispuesto a renunciar a su derecho de control sobre el rey. En otros tiempos, lo hubiese depuesto u obligado a dimitir. Mas ahora había que tenerse en cuenta a la plebe, o sea a una multitud que todavía no contaba con representación política adecuada, pero que esperaba que Tarquino se la concediese, y que estaba dispuesta a sostenerle incluso con barricadas. Era más fácil asesinarlo, y esto hicieron. Pero cometieron el imperdonable error de dejar con vida a su mujer e hijo, convencidos de que aquélla por su sexo y éste por su temprana edad no podrían mantener el poder.

Acaso hubiesen tenido razón de haber sido romana Tanaquila, es decir, habituada tan sólo a obedecer. Pero, al contrario, era etrusca, había estudiado y compartido con su marido no tan sólo el lecho sino también el trabajo, interesándose por problemas de Estado, la administración, la

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política exterior y las reformas; y, sobre todo, se la sabía más lista que los mismos senadores, muchos de los cuales eran analfabetos.

Sepultado el rey, ella ocupó su puesto en el trono, y lo mantuvo caliente para Servio que entretanto crecía y que fue el primero y el último rey de Roma que heredó la corona sin ser electo. No se sabe bien si era hijo de aquél o de una sirvienta suya, como parece indicar el nombre. Como fuere, también a él los historiadores romanos, todos republicanos fervientes, han tratado de denigrarlo. Mas no lo han logrado. Aun a desgana, han tenido que admitir que su gobierno era ilustrado y que bajo él se llevaron a cabo algunas de las más importantes empresas. Sobre todo, construyó murallas en la ciudad, dando trabajo a albañiles, técnicos y artesanos que vieron en él a su protector. Además, emprendió la reforma política y social que fue base de todos los sucesivos ordenamientos romanos.

La vieja división en treinta curias presuponía una ciudad de treinta a cuarenta mil habitantes, todos más o menos con los mismos títulos, los mismos derechos y el mismo patrimonio. Mas ahora había crecido extraordinariamente y hay quien hace ascender a siete u ochocientas mil almas la población ciudadana en tiempos de Servio. Probablemente son cálculos equivocados: a tantos debían subir no los habitantes de Roma, sino de todo el territorio conquistado por ella. Sin embargo, la ciudad debía de sobrepasar al menos los cien mil, y las grandes obras públicas que Tarquino y Servio emprendieron debieron ser impuestas por una aguda crisis de la vivienda.

De aquella masa, sólo la inscrita ya en los comicios curiados tenía voz en capítulo y podía votar. Los demás

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seguían estando excluidos, entre ellos incluso los más grandes industriales, comerciantes y banqueros: los que proporcionaban el dinero al Estado para hacer las guerras y las grandes obras de avenamiento. Ahora tenían derecho a una recompensa.

Como primera medida, Servio concedía la ciudadanía a los libertinos, o sea a los hijos de los esclavos liberados o libertos. Debieron de ser muchos miles de personas, que a partir de entonces fueron sus más encarnizados sostenedores. Después, abolió las treinta curias divididas según los barrios instituyendo en su lugar cinco clases, diferenciadas sobre la base no de su domicilio, sino de su patrimonio. A la primera pertenecían los que tuviesen al menos cien mil ases y a la última, los que poseían menos de doce mil quinientos. Es difícil saber a qué corresponde, hoy, en moneda, un as. Tal vez a diez liras, tal vez a más. Como fuere, estas diferencias económicas determinaron también las políticas. Pues mientras en las curias todos eran pariguales, al menos formalmente, y el voto de cada uno valía el de otro cualquiera, las clases votaban por centurias, pero no tenían un número igual de ellas. La primera tenia noventa y ocho. En total eran ciento noventa y ocho votos de la clase primera para determinar la mayoría. Las otras, aunque se coaligasen, no lograban alcanzarla.

Era un régimen capitalista o plutocrático en plena regla, que daba el monopolio del poder legistivo a la «gran industria», quitándosela al Agrarismo, o sea al Senado, que tenía mucho más dinero. Mas, ¿qué podía hacer éste? Servio no le debía ni siquiera la elección porque la corona la había heredado de su padre y tenía consigo el dinero de los ricos que le eran deudores de su nuevo poderío, y el apoyo del

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pueblo llano a quien le había dado empleo, salario y ciudadanía. Sostenido por estas fuerzas, se rodeó de una guardia armada para proteger su propia vida de los malintencionados, se ciñó una diadema de oro en la cabeza, se hizo fabricar un trono de marfil y se sentó en éste, majestuosamente, con un cetro en la mano, rematado por un águila. Patricio o no patricio, senador o mendigo, quien quisiera acercársele tenía que hacerse anunciar y esperar su turno.

Era difícil eliminar a un hombre semejante. Y, efectivamente, sus enemigos, para lograrlo, tuvieron que confiar la ejecución a su sobrino-yerno, quien, como tal, podía circular libremente por palacio.

Este segundo Tarquino, antes de arriesgar el golpe intentó que derrocaran a su tío por abuso de poder; Servio se presentó ante las centurias que volvieron a confirmarlo rey con plebiscitaria aclamación (lo cuenta Tito Livio, gran republicano, y sin duda debe ser verdad).

No quedaba, por tanto, más que el puñal y Tarquino lo usó sin muchos escrúpulos. Pero el suspiro de alivio que exhalaron los senadores con los cuales se había aliado, se les quedó en la garganta, cuando vieron al asesino sentarse a su vez en el trono de marfil sin pedirles permiso, como sucedía en aquellos buenos viejos tiempos que ellos esperaban restaurar.

El nuevo soberano se mostró en seguida más tiránico que el que había expedido al otro mundo. Y, en efecto, le bautizaron el Soberbio para distinguirle del fundador de la dinastía. Si le dieron este apodo, alguna razón habría, aunque no sea cierto lo que después se ha contado sobre su caída. Parece ser que se divertía matando gente en el Foro. Y

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de carácter belicoso seguramente lo fue porque la mayor parte de su tiempo, como rey, lo pasó haciendo guerras. Guerras afortunadas, pues bajo su mando el Ejército, integrado entonces por algunas decenas de miles de hombres, conquistó no tan sólo la Sabina, sino también la Etruria y sus colonias meridionales, al menos hasta Gaeta. De aquí hasta casi la desembocadura del Amo, Roma hacía en aquel momento el buen y el mal tiempo. La guerra no era siempre caliente. A menudo era solamente «fría», como se dice hoy. Pero, en suma, Tarquino fue, un poco por la fuerza de las armas y otro poco gracias a la diplomacia, el jefe de algo que, para aquellos tiempos, era un pequeño imperio. No llegaba al Adriático, pero ya dominaba el Tirreno.

Tal vez Tarquino alargó tanto la mano para hacer olvidar el modo con que subió al trono sobre el cadáver de un rey generoso y popular. Los éxitos exteriores sirven muchas veces para disfrazar la debilidad interna de un régimen. Como fuere, Tarquino debió, al aparecer, su caída a este afán de conquistas.

Un día, cuéntase, estaba en el campo con sus soldados, su hijo Sexto Tarquino y su sobrino Lucio Tarquino Colatino. Éstos, bajo la tienda, comenzaron a discutir la virtud de sus respectivas esposas, cada uno sosteniendo, como buen marido, la de la propia. Probablemente el uno le dijo al otro: «La mía es una esposa honesta. La tuya te pone cuernos». Decidieron volver aquella noche a casa para sorprenderlas. Montaron a caballo y se fueron.

En Roma, encontraron a la mujer de Sexto que se consolaba de la momentánea viudez banqueteando con amigos y dejándose cortejar. La de Colatino, Lucrecia, engañaba la espera tejiendo un vestido para su marido.

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Colatino, triunfante, se embolsó la apuesta y volvió al campo. Sexto, mortificado y deseoso de desquite, se puso a cortejar a Lucrecia y al fin, un poco con violencia y otro poco con astucia, venció su resistencia.

Cometida la infidelidad, la pobre mujer mandó llamar a su marido y a su padre, que era senador, les confesó lo acaecido y se mató de una puñalada en el corazón. Lucio Junio Bruto, sobrino también del rey, quien le había asesinado a su padre, reunió el Senado, contó la historia de aquella infamia y propuso destronar al Soberbio y expulsar de la ciudad a toda su familia (excepto él, se entiende). Tarquino, informado, se precipitó a Roma, al mismo tiempo que Bruto galopaba hacia el campo, y probablemente se encontraron por el camino. Mientras el rey trataba de restablecer el orden en la ciudad. Bruto sembraba el desorden en las legiones, que decidieron entonces rebelarse y marchar sobre Roma.

Tarquino huyó hacia el Norte, refugiándose en aquella Etruria de donde sus antepasados habían descendido y cuyo orgullo él había humillado reduciendo sus ciudades a la condición de vasallas de Roma. Debió de ser una bien amarga mortificación para él pedir hospitalidad a Porsena, lucumón o sea primer magistrado de Chiusi, que en aquellos tiempos se llamaba Clusium.

Pero Porsena, gran hombre de bien, se la concedió.

En Roma proclamaron la República. Como más tarde la de los Plantagenet en Inglaterra y la de los Borbones en Francia, también la monarquía de Roma había durado siete reyes.

Corría el año 509 antes de Jesucristo. Habían transcurrido doscientos cuarenta y seis ab urbe condita.

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CAPÍTULO V - PORSENNA

Como siempre que los pueblos cambian de régimen, también los romanos saludaron al nuevo con gran entusiasmo, y en él depositaron de nuevo todas sus esperanzas, incluidas las de la libertad y de la justicia social. Fue convocado un gran comido centuriado en el que tomaron parte todos los ciudadanos-soldados, que proclamaron definitivamente enterrada la Monarquía, le atribuyeron la responsabilidad de todos los errores y abusos con que se había mancillado la administración de los negocios públicos en aquellos dos siglos y medio de vida, y, en el puesto del rey nombraron dos cónsules, eligiéndolos en las personas de los dos protagonistas de la revolución: el pobre viudo Colatino y el pobre huérfano Lucio Junio Bruto. Habiendo declinado el primero, fue sustituido por Publio Valerio.

Publio Valerio pasó a la Historia con el apodo de Publícola, que quiere decir «amigo del pueblo».

Esa amistad, Publio la demostró sometiendo y haciendo aprobar por el comido algunas leyes que permanecieron básicas durante todo el período que duró la República. Éstas condenaban a la pena de muerte a quienquiera intentase adueñarse de un cargo sin la aprobación del pueblo. Permitían al ciudadano condenado a muerte el recurso de apelación a la Asamblea, o sea al comido centuriado. Y concedían a todos el derecho de matar, aun sin proceso, a

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quien intentase proclamarse rey. Esta última ley, olvidaba, empero, precisar sobre qué base de elementos se podía atribuir a alguien aquella ambición. Y esto permitió al Senado, en los años que siguieron, librarse de varios enemigos incómodos, señalándoles, precisamente, como aspirantes a rey. El sistema se usa todavía en varios países; los aspirantes a rey se llaman sucesivamente «desviacionistas», «enemigos de la patria», «agentes a sueldo del imperialismo extranjero». Con el progreso, los delitos no cambian. Sólo cambia la rúbrica. Movido por su celo democrático, Publícola introdujo también el uso, por parte del cónsul, cuando entraba en el recinto del comido centuriado, de hacer bajar, por los lictores que le precedían, las enseñas: aquellos famosos fascios, que después Mussolini volvió a poner de moda y que constituían el símbolo del poder. Para demostrar plásticamente que ese poder venía del pueblo; el cual, después de haberlo delegado en el cónsul, continuaba siendo árbitro.

Eran todas ellas cosas buenísimas, que de momento hicieron gran efecto. Mas, una vez enfriados los entusiasmos, la gente comenzó a preguntarse en qué se concretaban, prácticamente, las ventajas del nuevo sistema. Todos los ciudadanos tenían voto, de acuerdo, pero en los comicios, se seguía practicando aquel derecho por clases, siempre combinadas sobre el esquema serviano, por el cual los millonarios de la primera, al tener noventa y ocho centurias, y, por tanto, noventa y ocho votos, se bastaban solos para imponer su propia voluntad a los demás. En efecto, una de las primeras decisiones que tomaron fue la de revocar las distribuciones de tierras hechas a los pobres por los Tarquino en los países conquistados. Así que hubo

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muchos pequeños propietarios que se vieron confiscar casa y predio y, al no saber cómo salir adelante, volvieron a Roma en busca de trabajo.

Pero en Roma no había trabajo porque los cónsules, nombrados solamente por un año, no podían emprender ninguna de aquellas obras públicas que eran la especialidad de los reyes, elegidos de por vida por los cinco primeros, y ya a título hereditario, los dos últimos. Además, la República, dominada por el Senado que la había hecho y que estaba constituido por terratenientes de origen sabino y latino, era ktacaña, a diferencia de la derrochadora monarquía, dominada por los industriales y mercaderes de origen etrusco y griego. Quería «sanear el presupuesto» como se diría hoy, o sea practicar una política financiera ahorrativa y por otra parte, porque no tenía ningún interés en multiplicar la categoría de los nuevos ricos, sus adversarios naturales.

En suma, la ciudad estaba en crisis y los pobres lugareños que venían en busca de salvación a causa del paro y el hambre del campo, encontraban otra hambre y otro paro. Los talleres estaban cerrados, las casas y caminos, a medio hacer. Los audaces contratistas que habían sido sostenedores de los Tarquíno y empleado a millares de técnicos y a decenas de miles de obreros, estaban proscritos o temían estarlo. Los locales públicos cerraban uno tras otro por falta de clientes, mermados por la escasez de dinero circulante y por el clima puritano que todas las repúblicas difunden o tratan de difundir. Los propagandistas del nuevo régimen arengaban continuamente a la muchedumbre para recordarle los delitos que había cometido el rey. Los oyentes miraban en torno y pensaban fue entre aquellos «delitos»

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estaba también el Foro, onde en aquel momento se hablaban, y que había sido construido por los execrados reyes.

Otro punto sobre el que los propagandistas insistían era el de los daños perpetrados por la última dinastía, que había intentado convertir a Roma en una colonia etrusca. Algo de eso había, mas precisamente gracias a ellos Roma tenía ahora su Circo Máximo, su alcantarillado, sus ingenieros, sus artesanos, sus histriones (que eran los actores de la época), y sus gladiadores y púgiles protagonistas de aquellos espectáculos de los que tan golosos eran los romanos y sus murallas, y sus canales, y sus adivinos, y su liturgia para adorar a los dioses: todo, cosas importadas justamente de Etruria.

No todos lo sabían naturalmente, porque no todos, habían estado en Etruria. Pero de ello eran más conscientes que los demás los jóvenes intelectuales, que habían estudiado y alcanzado la licenciatura en las universidades etruscas de Tarquina, de Arezzo, de Chiusi, donde sus padres les habían enviado a estudiar, y de las que conservaban un gran recuerdo. No pertenecían, en general, a las familias patricias, cuyos hijos eran educados en casa, cuidando de no hacerles hombres instruidos, sino hombres de carácter. Procedían de familias burguesas y su suerte iba ligada a la de los tráficos, las industrias y las profesiones liberales, que eran precisamente, las más afectadas por el nuevo cariz de las cosas.

Por todas estas razones pronto surgió el descontento. Y, desgraciadamente, coincidió con la declaración de guerra, lanzada por Porsenna a instigación de Tarquino.

No se sabe con certeza cómo se desarrolló el asunto. Mas, dada la situación, no es difícil imaginar cuáles debieron

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ser los argumentos que el depuesto monarca expuso para inducir al lucumón a prestarle ayuda. Éste debió sin duda hacerle observar que los Tarquino, aunque de sangre etrusca, no se habían mostrado como buenos hijos de Etruria al haberla atormentado continuamente con guerras y expediciones punitivas hasta reducirlas casi por entero bajo su dominación. Pero el Soberbio le respondió probablemente que, en el mismo momento que sus dos predecesores hacían romana a Etruria, hacían también etrusca a Roma, conquistándola, por decirlo así, desde dentro a expensas del elemento latino y sabino que al principio la había dominado. La lucha no se desarrolló entre potencias extranjeras, sino entre ciudades rivales, hijas de la misma civilización. Roma, por bien que segundogénita, no había tratado de destruirlas, sino de reunirlas bajo un mando único para conducirlas al predominio en Italia. Tal vez se había equivocado, tal vez había cargado la mano aquí y allá, mostrándose poco respetuosa hacia sus autonomías municipales. Pero a ninguna los Tarquino habían reservado la suerte a que fueron sometidas por ejemplo Alba Longa y muchos otros burgos y pueblos del Lacio y de la Sabina, destruidos hasta los cimientos. Ninguna ciudad etrusca había sido jamás saqueada. Los mercaderes, los artesanos, los ingenieros, los actores y los púgiles de Tarquinia, de Chiusi, de Volterra, de Arezzo, en cuanto emigraban a Roma no corrían la suerte de los esclavos, sino que alcanzaban una posición preeminente, por lo que toda la economía, la cultura, la industria y el comercio de las ciudades estaban prácticamente en sus manos.

Es decir, lo habían estado mientras los Tarquino permanecieron en el trono, protegiéndolos. Ahora, la

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República significaba la vuelta al poder de aquellos latinos y sabinos zafios, avaros y desconfiados, reaccionarios e instintivamente racistas, que habían alimentado siempre un odio sordo hacia la burguesía etrusca, liberal y progresista. No se podían hacer ilusiones sobre la manera con que sería tratada. Y so desaparición significaba el afianzamiento, en la desembocadura del Tíber, de una potencia extranjera y enemiga, en lugar de la consanguínea y amiga (aunque un poco litigante y pendenciera), que mañana podría unirse a los demás enemigos de Etruria y contribuir a su ocaso.

¿Temía Porsenna desinteresarse de una ruptura de equilibrio semejante? ¿O no encontraba conveniente prevenir la catástrofe, lanzándose sobre Roma, ahora que el marasmo reinaba en su interior y que en el exterior, especialmente en el Lacio y en la Sabina, a la gente le dolían los huesos por los puntapiés recibidos de los soldados romanos? A una señal del poderoso lucumón de Chiusi, todas aquellas ciudades se sublevarían contra las escasas guarniciones que las vigilaban, y Roma se encontraría sola y discorde a merced del enemigo.

No sabemos casi nada de Porsenna. Pero por su comportamiento hemos de deducir que a sus dotes de esforzado general debían de sumarse las de sagaz hombre político. Se dio cuenta de que los argumentos de Tarquino contenían verdad. Pero antes de comprometerse, quería estar seguro de dos cosas: de que el Lacio y la Sabina estaban verdaderamente dispuestas a ponerse de su parte, y de que en la misma Roma había una «quinta columna» monárquica dispuesta a facilitarle el cometido con una insurrección.

Se produjo, en efecto, la insurrección, en la cual participaron también los dos hijos del cónsul Lucia Junio

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Bruto, olvidadizos, se ve, del fin que el Soberbio deparó a su abuelo. Inmediatamente después que la revuelta hubo sido enérgicamente reprimida, fueron detenidos y condenados a muerte. Y su abuelo, dícese, quiso asistir personalmente a la decapitación.

Pero la guerra anduvo mal. Los moradores de las varias ciudades latinas y sabinas degollaron a las guarniciones romanas y unieron sus fuerzas a las de Porsenna que llegaba del norte al frente de un ejército confederado al que toda Etruria había mandado contingentes. Contra esta invasión, Roma, de dar crédito, a sus historiadores, hizo milagros. Mucio Escévola, que había penetrado en el campamento de Porsenna para asesinarle, falló el golpe y castigó por mismo su mano falaz, poniéndola encima de un brasero ardiente. Horacio Cocles bloqueó él solo a todo el ejército en la entrada del puente sobre el Tíber, que sus compañeros iban destruyendo a sus espaldas. Mas la guerra se perdió y las mismas leyendas lo comprueban. Su exaltación constituye uno de los primeros ejemplos de «propaganda de guerra». Cuando un país sufre una derrota, inventa o exagera «gloriosos episodios» sobre los que llamar la atención de los contemporáneos y de las futuras generaciones y distraerla del resultado final y conjunto. He aquí por qué los «héroes» prosperan sobre todo en los ejércitos derrotados. Los que vencen no tienen necesidad de ellos. César, por ejemplo, en sus Comentarios, no cita ninguno.

La rendición de la Urbe fue, como se dice hoy, incondicional. Tuvo que restituir a Porsenna todos los territorios etruscos. Los latinos se aprovecharon para atacar a su vez Roma, que logró, empero, salvarse con la batalla del

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lago Regilo donde los Dioscuros Castor y Pólux, hijos de Júpiter, fueron en su ayuda. De todos modos, al final de tantas desventuras, la Urbe que bajo el rey había sido la capital de un pequeño imperio, volvía a encontrarse con lo que hoy sería un distrito, que al norte no llegaba hasta Fregene y al sur se detenía antes de Anzio. Era una gran catástrofe y necesitó un siglo para recobrarse.

Pero aquella guerra hizo una víctima aún mayor: Tarquino. Había hecho ya las maletas para volver a Roma, tomar de nuevo el poder y perpetrar sus venganzas, cuando Porsenna le paró y le dijo que no se proponía restaurarle en el trono. ¿Se había dado cuenta de que la restauración monárquica era imposible, o desconfiaba de aquel intrigante que, una vez vuelto a la cabeza de su pueblo y de su ejército, tal vez olvidaría el favor recibido y comenzaría de nuevo a atormentar a Etruria?

Nos inclinamos por la segunda hipótesis. Etruria era un país anárquico, donde cada ciudad quería permanecer independiente y no admitía limitaciones a su propia autonomía. Tarquino habría hecho de Roma una ciudad definitivamente etrusca, pero de Etruria, una provincia definitivamente romana. Etruria no lo quiso, y le costó caro. La Liga que Porsenna había puesto trabajosamente en pie en aquella ocasión, se disolvió antes de que su ejército confederado pudiese restablecer las comunicaciones con las colonias etruscas del Mediodía, que entretanto estaban dentelladas por los griegos. El lucumón volvió a Chiusi y allí se encerró, mientras los griegos avanzaban por el sur y se perfilaba por el norte otra terrible amenaza: la de los galos que bajaban de los Alpes e inundaban a las colonias etruscas del valle del Po. Mas tampoco frente a ese peligro encontró

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Etruria su unidad, aquella unidad que Tarquino quería darle con el signo y el nombre de Roma. El viejo rey siguió intrigando, pero inútilmente. Las victoriosas ciudades del Lacio, con Veyes a la cabeza, colaboraron en impedir su retorno Preferían tener que vérselas con una Roma republicana, cuyas dificultades internas conocían todos y, por tanto, su incapacidad para intentar un desquite, que, en efecto, tardó un siglo en perfilarse.

Las «liberaciones» siempre cuestan caras. Roma pagó la suya, del rey, con el Imperio. Había empleado dos siglos y medio para conquistar la hegemonía sobre la Italia central y la alcanzó bajo la guía de siete soberanos. La República, para permanecer tal, tuvo que renunciar a todo aquel escaso patrimonio.

¿Qué cosa, pues, no había funcionado, bajo la monarquía, para inducir a los romanos, con tal de deshacerse de ella, a tal renuncia?

No había funcionado la cochura, es decir, la fusión entre las razas y las clases que constituyen su pueblo. Los primeros cuatro reyes habían mortificado al elemento etrusco que constituía la Burguesía, la Riqueza, el Progreso, la Técnica, la Industria, el Comercio. Los últimos tres habían mortificado al elemento latino y sabino que constituían la Aristocracia, la Agricultura, la Tradición y el Ejército, que hallaban su expresión política en el Senado. Y ahora el Senado se vengaba. Se vengaba con la República, que fue exclusivamente obra suya.

A partir de entonces todo fue republicano en Roma, incluso y especialmente la Historia, que comenzó a ser narrada de modo a desacreditar cada vez más el período monárquico y los grandiosos éxitos que bajo éste Roma

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había conseguido. Esto no debe ser olvidado al leerse los libros de Historia romana, que coacuerdan en hacer coincidir el inicio de la grandeza de la Urbe con el momento en que fue expulsado el último Tarquino.

Mas no era verdad. Roma había sido ya una poderosa capital en tiempos de los reyes, y es en buena parte gracias a su Obra que volverá a serlo. Los austeros magistrados que ocuparon sus puestos y ejercieron el poder «en nombre del pueblo», encontraron constituidas ya en ella las premisas de los futuros triunfos: una ciudad bien organizada desde el punto de vista urbanístico y administrativo, una población cosmopolita y llena de recursos, una élite de técnicos de primera calidad, un Ejército experimentado, una Iglesia y una lengua codificadas ya, una diplomacia que había hecho su aprendizaje estableciendo y rompiendo alianzas un poco con todos los vecinos de casa.

Aquella diplomacia fue hábil incluso en el momento de la catástrofe. Se apresuró a estipular dos tratados: uno con Cartago para asegurarse la tranquilidad por la parte del mar, y otro, con la Liga Latina para asegurársela por la parte de tierra. Ambos implicaban las más radicales renuncias. En el mar, Roma abandonaba toda pretensión sobre Córcega, Cerdeña y Sicilia, que además se comprometía a no rebasar con sus naves y donde tan sólo podía abastecerse sin poner los pies en ellas. Mas era una renuncia que le costaba poco, dado que no poseía aún flota digna de este nombre.

Más dolorosas eran las de tierra, sancionadas por el cónsul Espurio Casio al término de las hostilidades con Veyes y sus aliados. Roma quedó dueña tan sólo de quinientas millas cuadradas y tuvo que aceptar ser equiparada a las demás ciudades en la Liga Latina. El foedus,

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o sea el pacto de 493 antes de Jesucristo, comienza con estas enfáticas palabras: Haya paz entre los romanos y todas las ciudades latinas mientras la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma...

La posición del cielo y de la tierra no había cambiado en nada cuando, menos de un siglo después, la República romana reemprendió el camino de la guerra a mitad del cual se habían detenido sus antiguos reyes y no dejó a las ciudades latinas ni los ojos para llorar.

Desde entonces las alianzas entre los Estados han continuado estableciéndose con el propósito de que duren hasta que la posición del cielo y de la tierra siga siendo la misma. Y, a distancia de pocos o de muchos años, uno de los contratantes termina infaliblemente como Veyes. Mas los diplomáticos insisten en usar aquella fórmula, u otra equivalente, y los pueblos en creer en ella.

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CAPÍTULO VI - SPOR

Desde aquel año de 508 en que fue fundada la República, todos los monumentos que los romanos elevaron un poco en todas partes llevaron la sigla SPQR, que quiere decir; Senatus Populos Que Romanus, o sea «el Senado y el pueblo romano».

Ya hemos dicho lo que era el Senado. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta palabra. En aquellos lejanos días de Roma no incluía toda la ciudadanía, como ocurre hoy, sino tan sólo dos «órdenes», o sea dos clases sociales: la de los «patricios» y la de los quites o «caballeros».

Los patricios eran los que descendían de los paires, o sea de los fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente, éstos acapararon los mejores predios y se consideraban un poco los dueños de la casa con respecto a los que, vinieron después. Los primeros reyes no habían tenido, en efecto, ningún problema social que resolver, porque todos los súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos encargado por todos los demás del desempeño de funciones determinadas, sobre todo de las religiosas.

Con Tarquino Prisco había comenzado a llover sobre

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Roma un montón de otra gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes de los paires mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose dentro de la fortaleza del Senado, accesible solamente a los miembros de sus familias. Cada una de éstas llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio, Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio.

Fue a partir del momento, en que dentro de los muros de la ciudad comenzaron a convivir esas dos poblaciones, los descendientes de los antiguos pioneros y los llegados luego, cuando las clases principiaron a diferenciarse; de un lado, los patricios y del otro los plebeyos.

No tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en todos los países nuevos, por ejemplo, América del Norte. En lo que es hoy Estados Unidos los patricios se llamaban pilgrim fathers, los padres peregrinos, y estaban representados por los trescientos cincuenta colonizadores que fueron los primeros en establecerse allí a bordo de un buque llamado Mayflower, hace un poco más de tres siglos. También sus descendientes siguen aún hoy considerándose un poco como los patricios de América pero no han podido mantener ningún privilegio porque las sucesivas oleadas de inmigrantes pronto los sumergieron. Descender de un padre peregrino del Mayflower es sólo un título honorífico.

Los patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para defender mejor sus prerrogativas, hicieron lo que hacen todas las clases sociales, cuando son astutas y se encuentra en minoría numérica; llamaron a los plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a defenderles también a ellos.

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Bajo el rey Servio Tulio, las clases sociales no eran ya tan sólo dos. Entre los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el rey organizó los nuevos comicios centuriados dividiéndolos en cinco clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada contentos porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente «sin cuna», como se dice hoy, o sea que no tenían antepasados, pero que en compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquino el Soberbio fue echado y en su puesto se instauró la República, comprendieron que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por aliados a aquellos ricachones que en el fondo, como todos los burgueses de todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la aristocracia, es decir, del Senado. Si los nobles franceses del siglo xvm hubiesen hecho otro tanto, se habrían ahorrado la guillotina.

Aquellos ricachones, como hemos dicho, se llamaban équites, caballeros. Procedían todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en senadores. Para lograrlo, no sólo votaban siempre, en los comicios centuriados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero lograba finalmente convertirse en senador, no

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era acogido como pater, es decir como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de hecho estaba constituida por «padres y conscriptos», paires et conscripti.

El pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y caballeros. Todo el resto era plebe, y no contaba. En ésta se incluía un poco de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleaduchos y libertos. Y, naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de la sangre y la de las carteras repletas.

Esa lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido, tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban en filas, se habían cargado de deudas, que en aquellos tiempos no era cosa baladí, como lo es ahora. Quien no las pagaba, se convertía automáticamente en esclavo del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo.

Si los acreedores eran varios, estaban autorizados también a repartirse el cuerpo del desdichado tras haberle

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degollado. Y aun cuando, al parecer, no se llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente incómoda.

¿Qué podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas clases: las que tenían demasiado pocas centurias, y por ende pocos votos, para imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por boca de los más desenvueltos, que sabían hablar, la anulación de las deudas, un nuevo reparto de tierras que les permitiese remplazar el predio perdido y el derecho de elegir magistrados propios.

Los «órdenes» y el Senado prestaron oídos de mercader a estas demandas. Y entonces, la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a partir de aquel momento no darían un bracero a la tierra, ni un obrero a las industrias, ni un soldado al ejército.

Esta última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos momentos, restablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa, latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos, desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volseos, que ya estaban sumergiendo las ciudades de la Liga.

El Senado, con el agua al cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Menenio Agripa, para convencerles, les contó la historia de aquel hombre cuyos miembros, para fastidiar al estómago, se habían

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negado a procurarle comida; con lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se habían convertido en esclavos porque no las habían pagado, y autorizaba a la plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba en Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir Roma.

Finalmente, el Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían caído en la esclavitud por ellas, y puso a la plebe bajo la protección de dos tribunos y de tres ediles elegidos por ésta cada año. Fue la primera gran conquista del proletariado romano, la que le dio el instrumento legal para alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 es muy importante en la historia de la Urbe y de la democracia.

Con el retorno de los plebeyos, fue posible poner en campaña un ejército para la amenaza de los volscos y de los ecuos. En esa guerra, que duró cerca de sesenta años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El peligro común le mantuvo fieles no sólo a los aliados latinos y sabinos, sino también otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos.

En los combates que en seguida se encendieron con éxito incierto se distinguió, cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una ciudad que había expugnado. Era un conservador intransigente y se oponía a que el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. Los tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio. Coriolano se pasó entonces

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al enemigo, hizo entregarse el mando y, como un buen estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.

También a él los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No hubo manera. Sólo cuando vio acercársele, suplicantes, a su madre y a su esposa, ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron derrotados y obligados a retirarse.

Sobre su remolino aparecieron los ecuos que ya habían despanzurrado a Frascati. Lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes del dictador a L. Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército, liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431, a una definitiva victoria; luego, depuesto del mando después de haberlo ejercido solamente durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido.

Pero aún antes de esta feliz conclusión, una nueva guerra se había encendido en el Norte por parte de la etrusca Veyes que no quería perder aquella favorable ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las manos libres, las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador. Éste fue Marco Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea la «soldada». Hasta entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio

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gratis, y si tenían mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes.

Esta gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los romanos; cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros cuadrados, pero abrigaron hondos recelos de quien se los había procurado. Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria, empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se marchó voluntariamente al exilio, en Árdea.

Tal vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos, el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que, venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos, los senones: mas una de éstas, al mando de Breyo, dirigióse hacia el Sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia, y marchó sobre Roma.

Los historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que debió ser muy desagradable para la Urbe. Dicen que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a

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Juno se pusieron a chillar despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores, rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huido en masa para refugiarse en los montes circundantes. Dicen también que los senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solemnemente sentados en los toscos sillones de madera de su curia, y que uno de ellos, Papirio, al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Brenno, tras haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no cuántos kilos de oro e impuso, para pesarlo, una balanza apañada. Los senadores protestaron y entonces Brenno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la famosa frase: ¡Vae victis!, «¡ay de los vencidos!». A lo que Camilo, reaparecido de milagro respondería: Non auro, sedferro, recuperanda est patria, «la patria se restaura con el hierro, no con el oro», se pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo.

La verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la Emilia y Lombardía, facilitando a

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Camilo, llamado urgentemente de Árdea, reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos. Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir la ciudad y el ejército.

Los mismos que le habían llamado ambicioso y ladrón le llamaron ahora «el segundo fundador de Roma».

Pero mientras sucedía todo esto en el frente exterior, la Urbe alcanzaba en el interior una importante meta con la Ley de las Doce Tablas.

Fue un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no cesaron de pedir que las leyes no fuesen dejadas más en manos de la Iglesia, que a su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en caso de infringirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen humor, un asesino podía salir de apuros; si el dios tenía mal día, un pobre ladronzuelo de gallinas podía terminar en la horca. Dado que quienes interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los plebeyos se sentían indefensos.

Bajo la presión del peligro exterior, de los volseos, de los ecuos, de los veientos, de los galos y la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado, tras muchas resistencias, capituló, y mandó tres de sus miembros a Grecia, para estudiar lo que había hecho Solón en este

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terreno. Cuando los mensajeros volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio, redactaron el código de las Doce Tablas, que constituyó la base, escrita y pública, del derecho romano.

Esta gran conquista lleva la fecha del año 451, que correspondía, aproximadamente, al tricentenario de la fundación de la Urbe.

No anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a los decenviros para realizarla les gustó tanto a éstos, que al finalizar el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había dado. Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar ejerciéndolos para reducir a esclavitud y vencer la resistencia de una bella y apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que dejar su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota. Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro (ya había aprendido), y el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los decenviros (con profunda satisfacción, creemos) que no podía mantenerles en el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en bandido, y el poder ejecutivo se devolvió a los cónsules.

No era aún el triunfo de la democracia, que sólo había de venir un siglo después, con las leyes de Licinio Sextio, pero era va un gran paso adelante. La pe de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populas, tal y como nosotros lo

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entendemos hoy.

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CAPÍTULO VII - PIRRO

De la humillación sufrida a causa de los galos y de las convulsiones de la lucha interna entre patricios y plebeyos, Roma salió con dos grandes triunfos en la baraja: la supremacía en la Liga, respecto a las rivales latinas y sabinas que, mucho más devastadas que ella, no encontraron después un Camilo para reconstruirse; y un orden social más equilibrado que garantizaba una tregua entre las clases. Así que, apenas se hubo disipado la humareda de los incendios que Brenno había dejado en la estela de su retirada hacia el norte, la Urbe, totalmente nueva y más modernamente urbanizada que antes, comenzó a mirar a su alrededor en busca de botín.

De las tierras limítrofes, la Campania era la más fértil y rica. La habitaban los samnitas, una parte de los cuales, empero, había permanecido en los Abrazos. Y de aquí, acosados por el frío y el hambre, descendían a menudo para saquear los rebaños y las mieses de sus hermanos de la llanura. Bajo la amenaza de una de esas incursiones, los samnitas de Capua se dirigieron en busca de protección a Roma, que de todo corazón se la concedió, porque era la mejor manera de dividir en dos aquel pueblo y de meter la nariz en sus asuntos interiores. Así comenzó la primera de las tres guerras samnitas contra los de Abruzo, que duraron, en total, unos cincuenta años.

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Fue breve, desde 343 hasta 341, y algunos dicen que ni siquiera tuvo lugar, porque los abrazos no se dejaron ver y los romanos no tuvieron ganas de irles a desanidar en sus montañas. Pero quedó una consecuencia; la «protección» de Roma sobre Capua, que se sintió protegida hasta tal punto como para invitar a los latinos a un frente único contra la común protectora. Los latinos se adhirieron y Roma, de aliados que eran, se los encontró de improviso como enemigos. Fue un momento feo, que requirió los consabidos episodios heroicos para superar sus dificultades. Para dar un ejemplo de disciplina, el cónsul Tito Manlio Torcuato condenó a muerte a su propio hijo, quien, contrariamente a la orden de no moverse, había salido de las filas para contestar al ultraje de un oficial latino. Y su colega Publio Decio, cuando los augures le dijeron que con el solo sacrificio de su vida salvaría a la patria, avanzó solo contra el enemigo, gozoso de hacerse matar por él.

Sean ciertos o inventados estos episodios, Roma venció, y deshizo la Liga Latina que le había traicionado. Con esto acabó la política «federalista» usada hasta entonces, y se inauguró la «unitaria» del bloque único. Roma concedió a las diversas ciudades que habían compuesto la Liga formas diversas de autonomía, con objeto de impedir una comunidad de intereses entre ellas. Era la técnica del divide et impera que asomaba. Entre las ciudades súbditas no tenían que haber relaciones políticas. Cada una de ellas las mantenía sólo con la Urbe. Se mandaron colonos a Campania, a los que, como premio, se les entregaron las tierras conquistadas y donde constituyeron las avanzadillas de la romanidad en el Sur. Nacía el Imperio.

La segunda guerra samnítica comenzó sin pretexto

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alguno, unos quince años después, en 328. Los romanos, que llegaron con la precedente hasta el umbral de Nápoles, capital de las colonias griegas, le echaron los ojos encima y quedaron encantados de sus largas murallas helénicas, de sus palestras, de sus teatros, de sus comercios y de su vivacidad. Y un buen día la ocuparon.

Los samnitas, tanto los del llano como los de la montaña, comprendieron que, si se la dejaba hacer, aquella gente devoraría toda Italia, y concluyeron paces entre ellos, atacando por la espalda a las legiones que habían penetrado tan lejos en el sur. De momento, su Ejército, más de guerrilleros que de soldados, fue batido, mas luego, mejor conocedores del terreno que los romanos, les atrajeron a las gargantas de Caudio, cerca de Benevento, donde les estrangularon. Tras repetidas e inútiles tentativas de resistencia, los dos cónsules tuvieron que capitular y sufrir la humillación de pasar bajo el yugo de las lanzas samnitas; fueron éstas las llamadas «horcas caudinas».

Como de costumbre, Roma encajó la afrenta, pero no pidió paz. Aprovechando la experiencia adquirida, reorganizó las legiones de modo a no exponerlas más a semejantes desventuras, convirtiéndolas en un instrumento de más fácil y ágil manejo. Después, en 316, reemprendió la lucha. Una vez más se encontró ante el peligro cuando los etruscos al Norte y los hérnicos al Sudeste trataron de cogerla por sorpresa. Los derrotó separadamente. Luego, dirigió todas sus fuerzas contra los aislados samnitas y en 305 expugnó su capital, Boviano, y por primera vez las legiones, atravesando los Apeninos, alcanzaron la costa adriática de la Apulia.

Estos éxitos preocuparon hondamente a los demás

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pueblos de la península que, por miedo, hallaron el valor de desafiar, coligados, a Roma. A los samnitas se sumaron esta vez, además de los etruscos, los umbros y los sabinos, decididos a defender, con la propia independencia, la propia anarquía. Acopiaron un ejército, que se enfrentó con los romanos en Sentino, en los Apeninos umbros. Eran superiores en número, pero los varios generales que mandaban los distintos contingentes, en vez de colaborar entre sí, tiraban a sacar partido cada cual por su cuenta. Y, naturalmente, fueron derrotados. Decio Mur, hijo del cónsul que se había sacrificado voluntariamente por la patria durante la campaña precedente, repitió el gesto de su padre y aseguró definitivamente el nombre de la familia en la Historia. La coalición se deshizo. Etruscos, lucanios y umbros pidieron una paz separada. Samnitas y sabinos siguieron combatiendo aún cinco años. Después, en 290 antes de Jesucristo, se rindieron.

Los historiadores modernos sostienen que Roma afrontó ese ciclo de guerras teniendo como mira un objetivo estratégico concreto: el Adriático. Nosotros creemos que sus legiones se encontraron en el Adriático sin saber cómo ni por qué, sólo persiguiendo al enemigo en fuga. Los romanos de la época no tenían mapas, ignoraban que Italia constituía lo que hoy se llamaría «una natural unidad geopolítica», que tenía forma de bota y que, para tenerla sujeta, se necesitaba dominar los mares. Pero, sin conocer ni formular la teoría, practicaban, sencillamente, el principio del Lebensraum, o «espacio vital», según el cual, para vivir y respirar, un territorio necesita anexionarse los contiguos. Así, para garantizar la seguridad de Capua, conquistaron Nápoles; para garantizar la seguridad de Nápoles, conquistaron

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Benevento; hasta que llegaron a Tarento, donde se detuvieron, porque más allá no había más que el mar.

En aquellos tiempos Tarento era una gran metrópoli griega, que había hecho grandes progresos especialmente en el campo de la industria, el comercio y las artes, bajo la guía de Arquitas, uno de los más grandes hombres de la Antigiledad, medio filósofo medio ingeniero. No era una ciudad belicosa. En 303 había pedido y obtenido de la Urbe la promesa de que las naves romanas no rebasarían jamás el cabo Colonna, es decir, que los romanos la dejarían en paz por la parte de mar, segura como estaba de que por vía terrestre no podrían llegar hasta allí. Y en cambio ahora se la veía caer encima precisamente por aquella parte.

El pretexto de guerra fue deparado, como de costumbre, por una petición de ayuda que los de Tunos, hostigados por los lucanios, dirigieron a Roma que, como siempre, la acogió con presteza y mandó una guarnición para defenderla, pero por vía marítima. Sin duda lo hizo aposta para armar camorra. Para alcanzar Turios, las naves tuvieron que rebasar el cabo Colonna, y los tarentinos cerraron los ojos ante esta infracción de los pactos. Pero cuando las diez trirremes de Roma pretendieron fondear en su puerto, consideraron la cosa como una provocación, las asaltaron y hundieron cuatro.

Realizada la empresa, se dieron cuenta de que ello entrañaba la guerra, y que ésta acabaría muy mal para ellos si desde fuera no acudía algún poderoso auxilio. Pero ¿cuál? En Italia ya no había ningún Estado que pudiese oponerse a Roma. Y entonces mandaron a buscarlo al extranjero, iniciando una costumbre que en nuestro país todavía dura. La encontraron allende el mar, en Pirro, rey del Epiro.

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Pirro era un curioso personaje que, de haberse contentado con su pequeño reino montañés, hubiese podido vivir largamente como un gran señor. Pero había leído en la Ilíada la gesta de Aquiles; por sus venas corría sangre macedonia, que había sido la sangre de Alejandro Magno y todo concurría a hacer de él una figura muy similar a la de nuestros condottieri del siglo xv. Era, en suma, como se diría hoy, un tipo que buscaba maraña. La que le ofrecían los tarentinos le iba justo a la medida, y la acogió al vuelo. Embarcó su ejército en las naves de aquéllos y afrontó a los romanos en Heraclea.

Éstos se hallaron por primera vez cara a cara con un arma nueva cuya existencia jamás habían imaginado y que les hizo la misma impresión que hicieron los carros blindados ingleses sobre los alemanes, en Flandes, en 1916: los elefantes. De momento creyeron que eran bueyes, y así los llamaron efectivamente: «bueyes lucanios». Pero al verlos venírseles encima, se sobrecogieron de miedo y perdieron la batalla, pese a haber infligido tales pérdidas al enemigo como para quitarle toda alegría por el triunfo. Las «victorias a lo Pirro» fueron, a partir de entonces, las pagadas a precio demasiado caro.

El epirota repitió el año siguiente (279) en Ascoli Satriano. Pero también aquí sus pérdidas fueron tales que, mirando al campo de batalla sembrado de muertos, fue presa de la misma crisis de espanto que dos mil años después había de sobrecoger a Napoleón III al ver el campo de batalla de Solferino. Y mandó a Roma a su secretario Cineas con proposiciones de paz, dándole por compañeros a dos mil prisioneros romanos que, si la paz, no se concluía, se habían comprometido a volver. Dicen que el Senado estaba a punto

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de aceptar aquellas ofertas, cuando se levantó a hablar el censor Apio Claudio el Ciego, para recordar a la Asamblea que no era digno tratar con un extranjero mientras su ejército invasor seguía vivaqueando en Italia.

No creemos que sea verdad, porque para Roma, Italia, en aquel momento, era solamente Roma. Pero es cierto que el Senado rechazó las propuestas y que Cineas, al regresar con los dos mil prisioneros, ninguno de los cuales había faltado a la palabra dada, dio un informe tal a Pirro de lo que había visto en Roma, que el epirota prefirió abandonar la empresa, y, aceptando una invitación de los siracusanos para que les ayudase a liberarse de los cartagineses, marchó hacia Sicilia. Tampoco aquí las cosas le anduvieron bien porque las ciudades griegas que venía a defender jamás lograron ponerse de acuerdo ni procurarle los contingentes que le habían prometido. Desalentado, Pirro volvió a cruzar el estrecho para echar de nuevo una mano a Tarento, que las legiones romanas atacaban en aquel momento. Esta vez ya estaban habituadas a los elefantes y no se dejaron asustar. Pirro fue derrotado en Malevento, que por la ocasión, en 275 fue bautizada Benevento por los romanos. Decididamente, Italia no le había traído fortuna. Amargado, volvió a la patria, fue a buscar un desquite en Grecia y halló la muerte en ella.

Habían transcurrido exactamente setenta años (343-273) desde que Roma, recompuesta como podía interiormente tras el terremoto que siguió a la caída de la Monarquía y superada la lucha por la existencia, se había puesto en pie de verdaderas guerras de conquista. Y hela aquí al fin árbitro de toda la península desde el Apenino toscano-emiliano al estrecho de Mesina. Uno tras otro, todos los pequeños países

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que la constelaban cayeron en sus manos, incluso los de la Magna Grecia continental, carentes de defensores después de la partida de Pirro. Tarento se rindió en 272 y Regio en 270. Pero después de la experiencia habida con la Liga Latina, Roma comprendió que no había que fiarse de los «protegidos» y de los «aliados a la fuerza». Y un poco por esto, y otro poco empujados por la presión demográfica de la Urbe, los romanos iniciaron la verdadera romanización de Italia con el método de las «colonias» ensayado ya después de la primera guerra samnítica. Las tierras enemigas fueron confiscadas y distribuidas a ciudadanos romanos pobres, basándose especialmente sobre los méritos que hay llamaríamos «de combatividad». Se las entregaban, sobre todo, a veteranos; gente segura, dispuesta a pelear para defenderse y defender a Roma. Los indígenas, naturalmente, les acogían sin simpatía, como a depredadores opresores. Del nombre de uno de ellos, Cafo, cabo del ejército de César, inventaron más tarde la palabra cafone, término despectivo que significa tosco y vulgar. E inspirada por esta hostilidad fue el uso, nacido entonces, del «corte de mangas», gesto irreverente con el que los pueblos vencidos saludaban a los romanos que entraban en sus ciudades y que al principio, al parecer, fue tomado por una expresión de bienvenida.

Naturalmente, no se puede esperar ensanchar el propio territorio de quinientos a veinticinco mil kilómetros cuadrados, como hizo Roma en aquel período, sin pisar los pies a nadie. Pero en compensación toda la Italia del Centro y del Sur comenzó a hablar una sola lengua y a pensar en términos de nación y de Estado en vez de aldea y tribu.

Contemporáneamente a aquellas largas y sangrientas guerras y bajo su presión, los plebeyos alcanzaban uno tras

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otro sus objetivos, hasta el último y fundamental garantizado por la Ley Hortensia, llamada así por el nombre del dictador que la impuso: aquélla por la cual el plebiscito se tornaba automáticamente ley, sin necesidad de ratificación por parte del Senado. Desde que con la Ley Canuleya del 445, había sido abolida, al menos sobre el papel, la prohibición de matrimonio entre patricios y plebeyos, éstos no estaban ya, legalmente, excluidos de ningún derecho o magistratura. Y dado que la praetura, abierta libremente a ellos, permitía a quien la hubiese ejercido libre ingreso en el Senado, también esta ciudadela de la aristocracia, pese a mil cautelas y limitaciones, les fue accesible.

Todo eso había sido alcanzado después de infinitas contiendas que de vez en cuando pusieron en peligro la existencia de la Urbe. Mas el hecho de que, bien o mal, se hubiese llegado a ello, demostraba que las clases altas de Roma eran conservadoras, sí, pero con mucho discernimiento. No se avergonzaban de defender abiertamente sus propios intereses de casta, y no fingían coquetear con las «izquierdas» como hacen hoy día muchos príncipes e industriales. Pero pagaban los impuestos, cumplían diez años de duro servicio militar, morían al frente de sus soldados, y cuando se trataba de elegir entre los propios privilegios y el bien de la patria, no titubeaban. Por esto, aun después de haber aceptado la equiparación de derechos con los plebeyos, permanecieron en el poder, como todavía consigue hacer, pese a este mundo socialista, la nobleza inglesa.

En el período de descanso que se concedió después de la victoria sobre Pirro y que le sirvió para digerir aquella

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especie de banquete, Roma dio los últimos retoques a su equilibrio interno y orden en el buen pedazo de península del que era dueña. La Vía Apia, que antes Apio Claudio hiciera construir para unir Roma a Capua, fue prolongada hasta Brindisi y Tarento. Y por ella, además de los soldados, se encaminaron los colonos que iban a romanizar Benevento, Isernia, Brindisi y muchas otras ciudades. Roma reconoció a los vencidos pocas autonomías, las respetó menos aún, y fue la primera y mayor responsable del fallido nacimiento, en Italia, de las libertades municipales y cantonales, que, en cambio, se desarrollaron con gran lozanía en el mundo germánico. En compensación llevó a su más alta expresión el concepto de Estado, del cual fue prácticamente inventora, y lo apoyó sobre cinco pilares que aún lo rigen: el Prefecto, el Juez, el Gendarme, el Código y el Recaudador de impuestos.

Fue con este aparejo que marchó a la conquista del Mundo. Y ahora veamos más de cerca por qué logró realizarla.

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CAPÍTULO VIII - LA EDUCACIÓN

En la Roma de aquellos tiempos, todos «vivían peligrosamente». Y los peligros comenzaban el día en que se venía al mundo. Porque si uno nacía hembra o por cualquier razón disminuido, el padre tenía derecho a arrojarlo a la calle y dejarle morir en ella.

Y a menudo así lo hacía.

El hijo varón y sano, en cambio, era generalmente bien acogido, no sólo porque más tarde, con su trabajo, sería una ayuda para sus progenitores, sino también porque éstos creían que, si no dejaban alguien que cuidase de su tumba y celebrase sobre ésta los debidos sacrificios, sus almas no entrarían en el paraíso.

Si todo andaba bien, es decir, si había acertado sexo e integridad física, el recién llegado era oficialmente recibido, a los ocho días de nacer, por la gente, con una solemne ceremonia. La gente era un grupo de familias que descendían de un antepasado común que les había dado su propio nombre. De hecho, el niño recibía usualmente tres nombres: el individual o «nombre de pila» (como Mario, Antonio, etc.), el de la gente o «nombre» verdadero y propio, y el de su propia familia o «apellido». Esto por lo que respecta a los hombres. Las mujeres, en cambio, llevaban el «nombre» solo, o sea, el de la gente. Y, en efecto, se llamaban Tulia, Cornelia, etc., en tanto que sus hermanos eran, pongamos

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por caso, Marco Tulio Emilio, Publio Julio Antonio, Cayo Cornelio Graco.

Esta extraña costumbre ha generado una serie de confusiones, pues, dado que los antepasados fundadores habían sido, como ya hemos dicho, un centenar en total, otros tantos eran los «nombres» de las gentes, por lo que se repetían continuamente, haciendo obligatorio el añadido de un cuarto o un quinto sobrenombre. Por ejemplo, el Publio Cornelio Escipiór que destruyó Cartago añadió en su tarjeta de visita un «Emiliano Africano Menor», para distinguirse del Publio Cornelio Escipión que venció a Aníbal y que añadió en la suya un «Africano Mayor».

Eran, como veis, nombres largos, graves e imponentes, que de por cargaban un cierto número de deberes en las espaldas del recién nacido. Un Marco Tulio Cornelio no podía permitirse lujos ni abandonarse a los caprichos cuyo derecho se reconoce hoy a un Fofino o a un Pupetto. Y, en efecto, no crecían mimados. Desde la más tierna edad se les enseñaba que la familia de la cual eran miembros constituía una verdadera y auténtica unidad militar, cuyos poderes estaban todos concentrados en la cabeza, o sea en el pater familias. Sólo él podía comprar o vender, pues sólo él era propietario de todo, incluida la dote de la esposa. Si ésta le engañaba o le robaba el vino de las cubas, podía matarla sin proceso. Idénticos derechos tenía sobre los hijos, que también podía vender como esclavos. Todo lo que éstos compraban se convertía automáticamente en propiedad de él. Las hembras se sustraían a esta patria potestad sólo cuando el padre las entregaba en matrimonio a otro hombre cum tnanu, es decir, renunciando explícitamente a todo derecho sobre ellas. Mas en tal caso, acababa dependiendo

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siempre de un hombre: o del padre, o del marido, o del hijo mayor, si enviudaba, o de un tutor.

Esta dura disciplina, que después lentamente fue suavizándose al correr de los siglos, hallaba su límite en la pietá, o sea en los afectos entre cónyuges, y entre éstos y los hijos. Pero éstos no lograban jamás, o casi nunca, mellar la granítica unidad de la familia romana, que incluía también a los nietos, los bisnietos y los esclavos, considerados estos últimos como simples objetos. La madre se llamaba domina, o sea señora, y no estaba confinada en un gineceo, como sucedía a las mujeres griegas. Comía con el marido, pero sentada en el triclinio (una especie de rústico diván), en vez de tendido como estaba aquél. En general, no trabajaba mucho manualmente, porque no había crisis de chicas de servir, con todos los esclavos que eran capturados en el campo de batalla y de los cuales cada familia tenía más de uno. La domina les dirigía y les vigilaba. Después, para distraerse, tejía lana para las ropas del marido y los hijos. De libros, naipes, teatro o circo, nada. Las visitas eran raras y de rígida pragmática. Un ceremonial escrupuloso las hacía complicadas y difíciles. La domus, o sea la casa, era, más que un cuartel, un auténtico fortín. Y allí en la más absoluta obediencia, se formaban los chicos.

Se les enseñaba que en el hogar la llama no debe extinguirse nunca porque representa a Vesta, la diosa de la vida. Había que alimentarla añadiendo siempre más leña y echando migajas de pan durante las comidas. En las paredes, que eran de adobe o de ladrillos, estaban colgados iconos, en cada uno de los cuales el chico veía un Lar o un Penate, espiritillos domésticos que protegían la prosperidad de la casa y de los campos. En la puerta estaba Juno vigilando, con

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sus dos caras, una mirada adentro y otra, afuera, quién entraba o salía. Y en torno, montando la guardia, estaban los Manes, las almas de los antepasados, que se quedaban en los parajes después de morir. De modo que nadie podía hacer un movimiento sin tropezarse con algún guardián sobrenatural, que también formaba parte de la familia: una familia compuesta no tan sólo por los vivos, sino también por aquellos que les habían precedido y los que les seguirían. Todos juntos, formaban un microcosmos no solamente económico y moral, sino también religioso, del cual el pater era el papa infalible. Hacía los sacrificios sobre el altar de la casa. Y en nombre de los dioses daba las órdenes y repartía los castigos.

La religiosidad en la que crecía el chico romano, más que a mejorarle en el sentido que nosotros damos hoy a esta palabra, tendía a disciplinarle. En efecto, no le impelía hacia los nobles ideales de la bondad y la generosidad, sino a la aceptación de las reglas litúrgicas que hacían de toda su vida un rito. No se le pedía por ejemplo ser desinteresado; se le pedía, es más, se le imponía, respetar ciertas fórmulas y participar en las ceremonias. Sus plegarias iban todas dirigidas a la consecución de fines prácticos e inmediatos. Se dirigía a Abeona para que le enseñase a dar los primeros pasos, a Fabulino para que le ayudase a pronunciar las primeras palabras, a Pomona para que las peras creciesen bien en su huerto, a Saturno para que le auxiliase a sembrar, a Ceres para que le permitiese segar, a Estérculo para que las vacas hiciesen suficiente abono en la cuadra.

Todos aquellos dioses y espíritus eran personajes sin preocupaciones morales, pero muy quisquillosos en lo concerniente a las formas. Evidentemente, no se hacían

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ilusiones sobre el alma humana. Y no considerándola capaz de un verdadero mejoramiento, la abandonaban a misma. Lo que les interesaba no eran las intenciones, sino los actos de sus fieles que querían tener ordenados en las márgenes de las grandes instituciones, familias y Estado, de las cuales constituían los cimientos. Por lo que exigían obediencia al padre, fidelidad al marido, fecundidad, aceptación de la Ley, respeto a la autoridad, valor hasta el sacrificio en la guerra y firmeza frente a la muerte. Todo ello arropado en sacerdotal solemnidad.

A esta cuidadosa y puntillosa formación del carácter, seguía, hacia los seis o siete años, la de la mente, o sea la instrucción propiamente dicha. Pero no era dirigida por el Estado, como sucede hoy con las escuelas públicas. Quedaba confiada a la familia, y raramente el papá, aun en las casas acomodadas, la delegaba a algún esclavo o liberto. Esta costumbre advino mucho más tarde, cuando Roma fue más grande y más fuerte, pero no más estoica. Hasta las guerras púnicas, era el padre el que enseñaba al hijo eso que hoy se llama cultura y que entonces se llamaba «disciplina» para hacer destacar mejor el carácter de obediencia absoluta.

Las materias eran pocas y sencillas; lectura, escritura, gramática, aritmética e historia. Los romanos conocían una especie de tinta sacada del zumo de ciertas raíces. Con ella mojaban una punta metálica con la cual componían las palabras sobre tablillas de madera cepillada (sólo más tarde lograron fabricar papel de lino y pergamino). La suya era lengua de sintaxis severa, pero de pocos vocablos y sin matices, que se prestaba más a la compilación de leyes y de códigos que a las novelas y a la poesía. De ese género los romanos de entonces no sentían necesidad alguna y quien

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quería leerlo, tenía que aprender el griego, lengua mucho más rica, matizada y flexible. En griego, en efecto, está compuesto su primer texto de Historia escrita: el de Quinto Fabio Pintor. Pero es del 202 antes de Jesucristo, o sea de una época mucho más avanzada.

Hasta aquel momento la Historia había pasado oralmente de padres a hijos a través de relatos imaginativos que impresionasen la fantasía de los chicos: era la de Eneas, de Amulio y Numitor, de los Horacios y de los Curiados, de Lucrecia y de Colatino. Estas arbitrarias, pero tonificantes leyendas históricas, estaban reforzadas por la poesía, de entonación sacra y conmemorativa. Estaba condensada en volúmenes que se llamaban Fastos consulares, Libros de los magistrados, Anales máximos, etc. y que celebraban los grandes acontecimientos nacionales; elecciones, victorias, fiestas, milagros.

El primero que se salió de esos temas de estrecha pragmática fue un esclavo griego, Livio Andrónico, que, caído prisionero durante el saqueo de Tarento, fue conducido a Roma, donde se puso a contar la Odisea a los amigos de su amo. Éstos se divirtieron con ello. Y dado que eran gente bien situada, le encargaron que sacase de la Odisea un espectáculo para los grandes ludes, o juegos, del año 240. Para traducir aquellos versos griegos, Livio los inventó semejantes en latín, de rima tosca e irregular. Y con ellos compuso una tragedia, de la cual él mismo recitó y cantó todos los papeles mientras le quedó un hilo de voz en la garganta. Los romanos, que no habían visto nunca nada parecido, se divirtieron hasta tal punto que el Gobierno reconoció a los poetas como una categoría de ciudadanía y les permitió unirse en un «gremio» con sede en el templo de

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Minerva del Aventino.

Mas también esto, repito, sucedió mucho más tarde. De momento, los chicos romanos no tuvieron literatura que leer. Tras haber aprendido a deletrear y saber de memoria aquellas leyendas, pasaban a las Matemáticas y a la Geometría. Las primeras consistían en sencillas operaciones de cálculo, hechas con los dedos, de los cuales los números escritos no eran más que imitaciones. I es la representación gráfica de un dedo levantado, V es una mano abierta X dos manos abiertas y cruzadas. Con estos símbolos, prefijos (IV) y sufijos (VI), (XII), los romanos contaban. Después, esta aritmética manual dio paso a un sistema decimal, sobre partes y múltiplos de diez, es decir, de los diez dedos. En cuanto a la Geometría, permaneció arcaica hasta que llegaron los griegos a enseñarla: se reducía al mínimo necesario para las rudimentarias construcciones de la época.

De gimnasia, nada. Las «palestras» y los «gimnasios» son de una época muy posterior y de importación griega también. Los padres romanos preferían fortalecer los músculos de sus hijos poniéndoles a trabajar en el predio con la azada y el arado, y después entregándolos al Ejército que, cuando les dejaba vivos, los devolvía, después de muchos años, a prueba de bomba. Por esto tampoco se enseñaba la Medicina. Los romanos consideraban que no eran los virus lo que provocaban las enfermedades, sino los dioses.

Y entonces, una de dos: o los dioses querían decir al enfermo con esta señal: «despeja», y en tal caso no había nada que hacer, o solamente querían imponerle un castigo momentáneo, en cuyo caso no había más que esperar. En efecto, para cada dolencia había una oración a tal o cual

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divinidad. La Virgen de la fiebre, a la que todavía hoy el pueblo romano se dirige, es la versión puesta al día de las diosas Fiebre y Mefitis a las que entonces se encomendaban.

En cuanto a las horas de recreo tampoco eran dejadas al capricho de los chicos, pues tenían que estar reglamentadas. Después de muchas horas de azada y alguna de Gramática, los padres senadores cogían a los hijos de la mano y les conducían a la curia, ante el Foro, donde la Asamblea celebraba sus sesiones o senato consulti. Y allí, en aquellos bancos, en silencio, los niños romanos desde los siete u ocho años de edad, oían debatir los grandes problemas del Estado, de la Administración, las alianzas, las guerras, y se moldeaban sobre aquel estilo grave y solemne que constituyó su principal característica (y que tan aburridos los hacía).

Mas el definitivo perfeccionamiento a su formación lo daba el Ejército. Cuanto más rico era un ciudadano, tantos más impuestos tenía que pagar y tantos más años de servicio que cumplir. Para quien quisiera ingresar en una carrera pública, el mínimo eran diez. Y, por lo tanto, solamente los ricos podían emprenderla porque sólo ellos podían pasar tanto tiempo lejos de la propiedad o de la tienda. Pero también quien se contentaba con ejercer sus propios derechos políticos, o sea votar, tenía que haber sido soldado. Y, de hecho, era como tal, esto es, como miembro de la centuria, como tomaba parte en la Asamblea Centuriada, el máximo cuerpo legislativo del Estado, dividido, como hemos dicho, en sus cinco clases.

La primera tenía noventa y ocho centurias, de las cuales dieciocho eran de caballería y el resto de infantería pesada, en la que cada uno se alistaba armado a sus propias

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expensas de dos lanzas, un puñal, una espada, un yelmo de bronce, la coraza y el escudo, que faltaban, en cambio, a la segunda clase, idéntica en todo el resto a la primera. La tercera y la cuarta carecían de todo instrumento de defensa (yelmo, coraza y escudo). Los de la quinta iban armados solamente de palos y piedras. La unidad fundamental de aquel ejército era la legión, constituida por cuatro mil doscientos infantes, trescientos jinetes y varios grupos auxiliares. El cónsul mandaba dos, esto es, cerca de diez mil hombres. Cada legión tenía su estandarte y era cuestión de honor para cada soldado impedir que cayese en manos del enemigo. De hecho, y cuando veían que la cosa se ponía fea, lo empuñaban los oficiales quienes se lanzaban hacia delante. La tropa, para defenderlo, le seguía. Y muchas batallas que iban mal, fueron remediadas así, en el último momento.

En los primeros tiempos, la legión estaba dividida en falanges, seis sólidas líneas de quinientos hombres cada una. Después, para hacerla más manejable, en grupos de dos centurias. Mas lo que constituía la fuerza de aquel Ejército no era lo orgánico: era la disciplina. El cobarde era azotado hasta morir. Y el general podía decapitar a cualquiera, oficial o solado, por la menor desobediencia. A los desertores y ladrones se les cortaba la mano derecha. Y el rancho consistía en pan y legumbres. Estaban tan habituados a esta dieta, que los veteranos de César, un año de carestía de trigo, se quejaron de verse obligados a comer carne.

Se ingresaba en filas a los dieciséis años, cuando en nuestros tiempos se comienza a pensar en las chicas. Los romanos de dieciséis años, en cambio, tenían que pensar en el regimiento, donde se les acogía y se les acababa de

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formar. La disciplina era tan dura y el trabajo tan pesado, que todos preferían el combate. Para aquellos muchachos la muerte no era un gran sacrificio. Y por esto la afrontaban con tanto desenfado.

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CAPÍTULO IX - LA CARRERA

El joven que había sobrevivido a los diez años de vida militar, podía, cuando volvía a casa, emprender la carrera política, que iba por grados y era electiva y sometida a toda suerte de precauciones y controles.

Correspondía a la Asamblea Centuriada cribar las candidaturas a los diversos cargos, que eran todos plurales, esto es, constituidos por varias personas. El primer peldaño era el de «cuestor», especie de ayudante de los magistrados más altos para las finanzas y la justicia. Ayudaba a controlar los gastos del Estado y colaboraba en la investigación de los delitos. No podía permanecer en el cargo más de un año, pero si había cumplido bien con su cometido, podía presentarse nuevamente a la Asamblea Centuriada para ser ascendido.

Si no había satisfecho a los electores, quedaba suspendido y durante diez años no podía volverse a presentar para ningún cargo. Si, por el contrario, les tenía contentos, era elegido «edil» (había cuatro), y como tal, siempre por un año, cuidaba de la superintendencia de los edificios, los teatros, los acueductos, las carreteras, las calles y, en suma, de todos los edificios públicos o de público interés, incluidas las casas de mala nota.

Si también en esas misiones, que eran prácticamente las de un asesor, cumplía a satisfacción, podía concurrir,

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siempre con el mismo método electivo y por un año, a uno de los cuatro puestos de «pretor», cargo altísimo, civil y militar. En pasados tiempos habían sido los generales en jefe del Ejército. A la sazón eran más bien presidentes del tribunal o intérpretes de las leyes. Pero cuando estallaba la guerra, volvían a tomar el mando de las grandes unidades a las órdenes de los «cónsules».

Llegados al ápice de esta carrera, que se llamaba cursas honorum, o «carrera de honores», se podía aspirar a uno de los dos puestos de «censor», que era elegido por cinco años. La duración de tal cargo se debía al hecho de que sólo cada cinco años se revisaba el censo de ciudadanos, es decir, compilado lo que hoy se llamaría el «módulo Vanoni».

Era éste el principal cometido del censor, quien, además, debía establecer para el quinquenio, basándose en la «indagación», lo que cada ciudadano tenia que pagar de impuestos y cuántos años tenía obligación de estar bajo las armas.

Pero sus misiones no se limitaban solamente a ésta. Las tenía también más delicadas, por lo que el cargo, especialmente cuando lo ejercían ciudadanos de gran fuste como Apio Claudio el Ciego, sobrino segundo del famoso decenviro, y Catón, hacían competencia hasta el consulado. El censor debía indagar secretamente los «precedentes» de todo candidato a cualquier cargo público. Tenía que vigilar el honor de las mujeres, la educación de los hijos, el trato a los esclavos. Lo que le autorizaba a meter la nariz en los asuntos privados de cada cual, rebajar o elevar su rango y hasta a echar del Senado a los miembros que no se hubiesen mostrado dignos. Eran, en fin, los censores quienes compilaban el llamado presupuesto del Estado y autorizaban

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los gastos. Se trataba, pues, como veis, de poderes amplísimos que requerían de quien los ejercía mucho tino y conciencia. Generalmente, en la época republicana, quien fue investido de ellos se mostró a la altura.

En el ápice de la jerarquía, estaban los dos cónsules, es decir, los dos jefes del poder ejecutivo.

En teoría, por lo menos uno de ellos tenía que ser plebeyo. En la realidad, los mismos plebeyos prefirieron siempre a un patricio, pues, solamente hombres de elevada educación y de largo aprendizaje les ofrecían la garantía de saber guiar el Estado en medio de problemas cada vez más complejos y difíciles. Además, había la elección, la cual se llevaba a cabo según procedimientos que permitían a la aristocracia cualquier fraude. El día del voto de la Asamblea Centuriada, el magistrado en funciones observaba las estrellas para descubrir qué candidatos eran personas gratae a los dioses. Y dado que el lenguaje de las estrellas pretendía conocerlo sólo él, podía leer lo que quería. La Asamblea, intimidada, aceptaba el veredicto y se aprestaba a limitar su elección solamente entre los concursantes que placían al Padre Eterno, o sea al Senado.

Los candidatos aparecían vestidos con una blanca toga carente de adornos para mostrar la sencillez de su vida y la austeridad de su moral. Y a menudo levantaba un pico de la toga para exhibir a los electores las heridas que habían tenido en la guerra. Si eran elegidos, permanecían un año, con poderes parejos; ocupaban el cargo el 15 de marzo, y cuando lo dejaban, el Senado solía acogerlos como miembros vitalicios.

Dado que el título de senador seguía siendo, pese a todo, el más ambicionado, era natural que el cónsul tratase de no

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disgustar nunca a los que podían ser designados como tal. Representaba en cierto sentido el brazo secular de aquella alta asamblea que, desde un punto de vista estrictamente constitucional, no contaba nada, mas en la práctica, con varios subterfugios, decidía siempre lo que fuese.

Los cónsules eran, ante todo, como los primeros reyes, jefes del poder religioso cuyos ritos más importantes dirigían. En tiempo de paz presidían las reuniones tanto del Senado como de la Asamblea, y una vez recogidas las decisiones promulgaban leyes para aplicarlas.

En tiempo de guerra, se transformaban en generales y, repartiéndose el mando en partes iguales, conducían el Ejército; mitad uno y mitad otro. Si uno moría o caía prisionero, el otro reasumía en todos los poderes; si ambos morían o caían prisioneros, el Senado proclamaba un interregno de cinco días, nombraba un interrex para llevar adelante el asunto y procedía a nuevas elecciones. Estas palabras significan también que el cónsul ejercía, durante un año, los mismos poderes que habían ejercido los antiguos reyes, los no absolutos, de antes de los Tarquino.

Los cometidos del cónsul eran naturalmente los más ambicionados, pero también los más difíciles de ejercer y requerían, además de mucha energía, mucha diplomacia porque exigían continuos escarceos entre el Senado y las Asambleas populares, que lo elegían y a las que había de contestar.

Estas asambleas eran tres: los comicios curiados, los comicios centuriados y los comicios tributos.

Los comicios curiados eran los más antiguos, pues se remontaban a Rómulo, cuando Roma estaba compuesta de paires. Y, en efecto, tan sólo los patricios formaban parte de

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ellos. En los primeros tiempos de la República tuvieron funciones importantes, como la de elegir a los cónsules. Pero después, poco a poco, tuvieron que ceder casi todos sus poderes a la Asamblea Centuriada, que fue la verdadera Cámara de los diputados de la Roma republicana. Y, lentamente, se transformaron en una especie de Consulta Heráldica, que decidía sobre todo en cuestiones genealógicas, o sea sobre la pertenencia de un ciudadano a tal o cual gens.

La Asamblea Centuriada era, prácticamente, el pueblo en armas. Formaban parte de ella todos los ciudadanos que habían cumplido el servicio militar. Por lo tanto, quedaban excluidos los extranjeros, los esclavos y a quienes, por demasiado pobres, la ley eximía de la leva y de los impuestos. Roma era avara en la concesión de la ciudadanía. Ésta comportaba privilegios como el derecho de apelación a la Asamblea contra las decisiones de cualquier funcionario.

La Asamblea no era permanente. Se reunía a requerimiento de un cónsul o de un tribuno y no podía dictar leyes u ordenanzas por su cuenta. Podía tan sólo votar por mayoría, «sí» o «no», las propuestas que el magistrado le formulaba. Su carácter conservador quedaba garantizado, como ya sabemos, por su división en cinco clases. Es necesario tener siempre en cuenta que la primera, compuesta por noventa y ocho centurias entre patricios, équites y millonarios, bastaba para formar la mayoría sobre un total de ciento noventa y tres clasificados. Dado que votaba en primer lugar y que la votación se anunciaba en seguida, a las demás no les quedaba sino inclinar la cabeza.

En ese procedimiento había un criterio de justicia. Los romanos entendían que los derechos tenían que ser parejos a

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los deberes y viceversa. Por lo que cuanto más rico se era, tantos más impuestos se tenían que pagar y tantos más años se tenía que servir en el Ejército, pero, en compensación, tanto más se influía políticamente.

Pero no hay duda de que el pobre diablo, aunque tuviese la ventaja de pagar pocos impuestos y de servir pocos meses en el cuartel, políticamente no contaba nada y estaba obligado a seguir siempre la voluntad de quien contaba mucho.

Fue entonces cuando esos desheredados comenzaron a unirse por su cuenta en los llamados concilios de la plebe, cuya autoridad no era reconocida por la Constitución, pero de los cuales, al correr de los años, se desarrollaron los comicios tributos, que fueron el órgano con el que el proletariado romano llevó a cabo su larga batalla para conquistar una mayor justicia social.

Inmediatamente después de la secesión de la plebe en el Monte Sacro, cuando le fue permitido elegir a sus propios magistrados, aparecieron los famosos tribunos, que tenían derecho de veto contra cualquier ley u ordenanza considerada como lesiva a los intereses proletarios. Y fueron precisamente los comicios tributos los encargados de nombrar a esos magistrados. Después, poco a poco, pidieron y obtuvieron el derecho de nombrar también otros: los cuestores, los ediles de la plebe y, por fin, los tribunos militares que, estaban dotados con potestad consular.

Tampoco esta Asamblea, como la Centuriada, tenía más poder que el de votar «sí» o «no» a las propuestas del magistrado que la convocaba. Pero el voto se emitía individualmente y el de uno valía lo que el del otro, al margen de las condiciones financieras. Era, por lo tanto, un

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órgano mucho más democrático. El incremento de sus atribuciones subraya el lento crecimiento, a través de infinitas luchas, del proletariado romano en comparación con las otras clases; hasta que sus deliberaciones, llamadas plebiscitos, cesaron de ser válidas sólo para la plebe y se hicieron obligatorias ¡para todos los ciudadanos, transformándose así en leyes propiamente dichas.

Con aquellas dos Asambleas, la Centuriada y la Curiada, fatalmente destinadas a combatirse entre sí, una en nombre de la conservación y la otra en nombre del progreso social, y con magistrados como los tribunos elegidos aposta por la plebe para obstaculizar su labor, comprenderéis cuan difícil debía de ser el oficio de los dos cónsules.

Cada uno de ellos tenía, nominalmente, el imperium, el mando, y lo ostentaba haciéndose preceder, dondequiera que fuese, por doce lictores, cada uno de los cuales portaba un haz de varas con la segur en medio. Daban conjuntamente el nombre al año durante el cual ejercían el cargo, que quedaba registrado en el índice de los fastos consulares. Eran cosas que halagaban las ambiciones de todos. En cuanto al poder efectivo, empero, era harina de otro costal. Ante todo, para ejercerlo tenían que estar de acuerdo entre ellos, porque cada uno tenía el derecho de veto sobre las decisiones del otro. Y luego había que obtener el asenso de las dos Asambleas.

Pero precisamente esa paralización del poder ejecutivo era lo que permitía al Senado ejercer el suyo. Estaba compuesto de trescientos miembros y los censores cuidaban de llenar los vacíos que la muerte producía nombrando para el puesto del fallecido a un ex cónsul o un ex censor que se hubiese distinguido particularmente. El censor, o el mismo

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Senado, podían también expulsar a los miembros que no se hubiesen mostrado dignos del alto honor.

Aquella venerable Asamblea se reunía también en la Curia, frente al Foro, a requerimiento del cónsul que la presidía. Y sus decisiones, que se tomaban por mayoría, no tenían nominalmente fuerza de ley: eran tan sólo consejos al magistrado. Mas éste casi nunca se atrevía a presentar a los comicios, únicos que podían concederle poder ejecutivo, una propuesta que no hubiese recibido la aprobación previa del Senado. En la práctica, su parecer era decisivo para todas las grandes cuestiones de Estado: guerra y paz, gobierno de las colonias y de las provincias. Cuando, además, se producía una grave crisis, el Senado recurría a un decreto especial de emergencia, el senatus consultum ultimum, el cual decidía irrevocablemente.

Sin embargo, más que la Constitución, que no le reconocía muchos, su poder procedía del prestigio. El mismo tribuno que, dado su origen electoral, no podía ser favorable al Senado, cuando se sentaba con él, como estaba, por derecho, en calidad de silencioso observador, salía, en general, con ideas más conciliadoras que cuando había entrado. Tan verdad es ello que, al correr del tiempo, muchos tribunos se convirtieron en senadores por las actitudes amistosas que habían mantenido durante su cargo hacia lo que hubiera debido ser la trinchera enemiga. En fin, el Senado tenía, en las grandes ocasiones, el arma para resolver las pegas cuando se tiraba de la manta y no se lograba poner de acuerdo entre a los magistrados y los ciudadanos. Podía nombrar un dictador por seis meses o por un año, invistiéndole de plenos poderes, excepto el de disponer de los fondos estatales. La proposición la hacía uno

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de los dos cónsules sin que el otro pudiese oponerse. Y la persona era elegida entre los consulares, esto es, entre los que ya habían ejercido el cargo y que por ende eran ya senadores. Todos los dictadores de la Roma republicana, menos uno, fueron patricios. Todos menos dos, respetaron los límites de tiempo y de poder que les fueron impuestos. Uno de ellos, Cincinato, que, tras sólo diez días de ejercer el cargo supremo, volvió espontáneamente a labrar el campo con los bueyes, ha pasado a la Historia con los colores de la leyenda.

El Senado recurrió raramente a ese derecho suyo, o sea qué no abusó de él, aun cuando no siempre estuviera a la altura de su gran nombre. De vez en cuando se dejaba tentar por la codicia, especialmente en el disfrute de los países conquistados. De vez en cuando, fue ciego y sordo en defensa de los privilegios de su casta frente a la necesidad de una justicia superior. Los que lo componían no eran superhombres, cometieron errores, a veces vacilaron y se contradijeron. Pero en conjunto su Asamblea ha representado, en la historia de todos los tiempos y de todos los pueblos, un ejemplo de sensatez política nunca más superado. Procedían todos de familias de estadistas y cada uno de ellos tenía una amplia experiencia sobre el Ejército, la Justicia y la Administración. Eran peores en las victorias cuando se desenfrenaban su orgullo y su codicia, y mejores en las derrotas, cuando la situación requería valor y tenacidad. Cineas, el embajador que Pirro mandó a tratar con ellos, cuando les hubo visto y oído, dijo, admirado, a su soberano: «Apuesto que en Roma no hay un rey. Cada uno de sus trescientos senadores lo es».

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CAPÍTULO X - LOS DIOSES

Esta ordenación del Estado y de las magistraturas fue posibilitada por la Ley, esto es, por la publicación de las Doce Tablas de los Decenviros, que constituyeron a la vez la causa, su consecuencia y el instrumento.

Hasta entonces, Roma había vivido prácticamente en un régimen de teocracia, en el cual el rey era también papa. Sólo él tenía, como tal, el derecho de reglamentar las relaciones entre los nombres no según una ley escrita, sino según la voluntad de los dioses, que sólo a él la comunicaban en las ceremonias. Antes, el papa lo hacía todo él solo. Después, con el aumento de la población ciudadana y el incremento y la complejidad de los problemas, tuvo todo un clero para ayudarle. Y fueron precisamente los sacerdotes los primeros abogados de Roma.

El pobre diablo que había sufrido una injusticia o que creía ser víctima de ella, iba a ver uno de aquéllos en busca de consejo. Y aquél se lo daba consultando los textos secretísimos, en los que tan solo ellos, los sacerdotes, tenían el derecho de meter la nariz. Nadie sabía, pues, con precisión cuáles eran sus derechos y sus deberes. Se lo decía, en cada caso, el sacerdote. Y los procesos se efectuaban según una liturgia de la que sólo éste sabía los ritos. Dado que el clero, en sus orígenes, fue totalmente aristocrático, o sometido a la aristocracia, es fácil comprender cómo eran los veredictos

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cuando entraban en liza causas entre patricios y plebeyos.

El primer efecto de las Doce Tablas fue el de separar el derecho civil del divino, o sea de desvincular las relaciones entre ciudadanos de la voluble voluntad de los dioses, es decir, de quienes decían representarles. Y desde aquel momento Roma cesó de ser una teocracia. Poco a poco, el monopolio eclesiástico de las leyes comenzó a caerse a pedazos. Apio Claudio el Ciego publicó un calendario de dies fasti, indicando en qué días podían ser discutidas las causas y según qué enjuiciamiento: cosa que hasta los curas decían que eran solos en conocer. Más tarde, Coruncanio fundó una auténtica escuela de abogados, que acabaron siendo los técnicos de la ley con exclusión de los sacerdotes. Las Doce Tablas, que proporcionaron los principios básicos de toda la sucesiva legislación de Roma y del mundo, se convirtieron en materia obligatoria de enseñanza para los chicos de las escuelas, que tenían que aprendérselas de memoria y que contribuyeron a formar el carácter romano, ordenado y severo, legalista y litigioso.

Fue en aquel momento cuando los sacerdotes, obligados a ocuparse tan sólo de cuestiones religiosas, trataron de poner un poco de orden en ellas, sin, por lo demás, lograrlo completamente. Estaban organizados en colegios, cada uno de los cuales tenía al frente un supremo pontífice, elegido por la Asamblea Centuriada. Para ingresar en ellos no hacía falta ningún aprendizaje particular, no formaban una casta separada y no tenían ningún poder político. Eran funcionarios del Estado y basta, y debían colaborar con el Estado que les pagaba.

El más importante de aquellos colegios era el de los nueve augures, que tenían por cometido indagar las

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intenciones de los dioses acerca de las graves decisiones que el Gobierno se disponía a tomar. Vestido con sus sagrados paramentos y precedido por quince flamines, el pontífice máximo, en los primeros tiempos, captaba los auspicios observando el vuelo de los pájaros, como hiciera Rómulo para fundar Roma, y más tarde examinando las vísceras de los animales que se ofrendaban en sacrificio (dos sistemas aprendidos de los etruscos). En las crisis más graves se expedía una delegación a Cumas para interrogar a la sibila, que era la sacerdotisa de Apolo. Y en las muy graves, se mandaba a consultar el oráculo de Delfos, cuya fama había llegado a Italia. Ahora bien, dado que los sacerdotes no tenían deberes sino con el Estado, es natural que fuesen sensibles a las solicitudes que procedían de éste, con promesas de ascenso de grado o de aumento de sueldo.

El rito consistía en un donativo o en un sacrificio a los dioses para granjearse su protección o aplacar sus iras. El procedimiento era minucioso y bastaba un pequeño error para tenerlo que repetir, hasta treinta veces. La palabra «religión» tiene, en latín, un significado externo y de procedimiento; y sacrificio quiere decir, literalmente, hacer sagrada una cosa: lo que se ofrendaba a la divinidad. Naturalmente, las ofrendas variaban según las posibilidades del oferente y la importancia de los beneficios a que se aspiraba. El pobre padre de familia que, dentro de su casa, hacía de pontífice máximo para impetrar una buena cosecha, sacrificaba en el hogar un pedazo de pan y de queso o un vaso de vino. Si la sequía se prolongaba, llegaba hasta un pollo. Si estaba amenazado por un aluvión, era capaz de degollar el cerdo o una oveja. Pero cuando era el Estado el que sacrificaba para propiciarse el favor divino para alguna

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empresa nacional, el Foro, donde en general se celebraba la ceremonia, quedaba convertido en un auténtico matadero. Rebaños enteros eran degollados mientras los sacerdotes pronunciaban las fórmulas de estricto rigor. A los dioses, que tenían el paladar delicado, se les reservaban los menudillos y sobre todo el hígado. El resto se lo comía la población reunida en corro. Con lo que aquellas ceremonias se convertían en pantagruélicos banquetes intercalados de plegarias. Una ley del 97 antes de Jesucristo prohibió el sacrificio de víctimas humanas. Señal de que, en caso de excepción, se recurría a ellas, a expensas de los esclavos o de los prisioneros de guerra. Mas hubo también ciudadanos que voluntariamente ofrendaron su propia vida por la salvación de la nación: como aquel Marco Curcio que, para aplacar a los dioses de los Infiernos, en ocasión de un terremoto, se precipitó en una grieta, que en seguida volvió a cerrarse.

Menos truculentas y más gentiles eran las llamadas ceremonias de purificación, sea de una grey, de un ejército que partía a la guerra o de una ciudad entera. Se hacía una procesión alrededor cantando los carmina, himnos llenos de fórmulas mágicas. Muy similar era el procedimiento de los vota, ofrecidos para obtener algún favor de los dioses.

¿Qué dioses?

El Estado romano, que era su empresario, no logró jamás poner orden en esta materia, o tal vez no lo quiso. Júpiter era considerado como el más importante de los inquilinos del Olimpo, pero no su rey, como lo fue Zeus en la antigua Grecia. Permaneció siempre en la vaguedad como una fuerza impersonal que ora se confundía con el cielo, ora con el sol, con la luna o con el rayo, según los gustos. Y acaso en los primeros tiempos era todo uno con Jano, la diosa de las

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puertas. Sólo más tarde se diferenciaron. Las ricas matronas romanas iban en procesión con los pies desnudos al templo de Júpiter Tonante en el Capitolio, para impetrar la lluvia en las temporadas de sequía, en tanto que en tiempos de guerra se abrían los portones del templo de Jano para permitirle unirse al Ejército y guiarlo en el combate.

De rango parigual al de ellos eran Marte, que daba nombre a un mes del año (marzo), y que está ligado a Roma por vínculos de familia como padre natural de Rómulo, y Saturno el dios de la siembra, al que la leyenda pintaba como un rey prehistórico, profesor de agricultura y vagamente comunista.

Después de este cuadrunvirato venían las diosas. Juno era la de la fertilidad, tanto en el campo como de los árboles, de los animales y de los hombres, y con su nombre bautizó un mes (junio), considerado como el más favorable para los matrimonios. Minerva importado de Grecia a hombros de Eneas, protegía la prudencia y la sabiduría. Venus se ocupaba de la belleza y del amor. Diana, diosa de la luna, administraba la caza y los bosques, en uno de los cuales, Nemi, se alzaba su majestuoso templo, donde se decía que casó con Virbio, el primer rey de la selva.

Luego venía un gran número de dioses menores: los suboficiales, digámoslo así, de aquel ejército celeste. Hércules, dios del vino y de la alegría, era capaz de jugarse una cortesana a los dados con el sacristán de su templo; a Mercurio le atribuían una debilidad para con los mercaderes, los oradores y los ladrones, tres categorías de personas que evidentemente los romanos consideraban de la misma ralea; Belona tenía la especialidad de la guerra.

Mas es imposible nombrarles a todos. Se multiplicaron

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desmesuradamente con el crecimiento de la ciudad y la expansión de sus dominios, pues, cualquiera que fuese el Estado o provincia conquistados, lo primero que hacían los soldados romanos era apoderarse de los dioses locales y llevárselos a la patria, convencidos de que al quedarse sin dioses los derrotados no podrían intentar un desquite.

Pero, además de éstos, que, si bien sometidos a un trato de privilegio, eran, sin embargo, dioses prisioneros, había los novensiles, es decir, aquellos que muchos extranjeros, por iniciativa propia cuando se trasladaban a Roma y ponían casa en ella se traían consigo para sentirse menos exiliados y desplazados. Los alojaban en templos construidos con fondos privados.

Y los romanos no sólo no negaron jamás a nadie ese derecho, sino que hasta se mostraron extraordinariamente hospitalarios con ellos. El Estado y sus sacerdotes les consideraban en cierto sentido como policías que colaborarían a mantener el orden entre sus fíeles sin reclamar siquiera un estipendio. Y a muchos de ellos les asignaron un puesto en el Olimpo oficial. En 496 antes de Jesucristo fueron incluidos en el «organismo» Démeter y Dionisio, como colegas y colaboradores de Ceres y de Libero. Pocos años después, Castor y Pólux, también recién consagrados, se molestaron en bajar del cielo para ayudar a los romanos a resistir en la batalla del lago Regilo.

Hacia 300, Esculapio fue trasladado por decreto de Epidauro a Roma para enseñar medicina. Y, poco a poco, esos recién llegados, de huéspedes que eran se convirtieron en dueños de la casa, especialmente los griegos, más afables y cordiales, menos fríos, formulistas y remotos que los dioses romanos. Fue por influjo helénico que poco a poco se

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formó una jerarquía entre ellos, al frente de la cual se reconoció a Júpiter con los mismos atributos que en Atenas tenía Zeus. Este fue el primer paso hacia las religiones monoteístas, que primero con el estoicismo y luego con el judaísmo triunfaron al fin con el cristianismo.

Este proceso, empero, se desarrolló mucho más tarde. Los romanos del período republicano convivieron con una multitud de dioses, de los que Petronio decía que en algunas ciudades eran más numerosos que los habitantes y que Varrón evaluó en cerca de treinta mil. Sus actividades e interferencias hacían difícil la vida a los fieles que no sabían cómo manejarse en sus luchas y rivalidades. Por todas partes se podía tropezar con algún objeto consagrado a uno u otro. Ofendidos, los dioses aparecían en forma de brujas que volaban de noche, comían serpientes, matabas chicos y robaban cadáveres. En Horacio y en Tibulo, en Virgilio y en Lucano se les encuentra a cada paso. Eran tanto más peligrosos cuanto que, a diferencia de casi todas las otras religiones, la romana no les consideraba confinados en el cielo, por bien que admitiese que también allí los hubiera, sino que pensaba preferentemente que moraban en la Tierra y que eran víctimas de terrestres estímulos: hambre, lujuria, codicia, ambición, envidia, avaricia.

Para tener a los hombres al resguardo de sus maldades, se incrementaron los colegios u órdenes religiosas. Entre éstos hubo también uno femenino, el de las vestales, que reclutadas entre los seis y los diez años, debían servir durante treinta años en absoluta castidad. Fueron las precursoras de nuestras monjas. Vestidas y tocadas de blanco, su función consistía sobre todo en regar la tierra con agua sacada de la fuente consagrada a la ninfa Egeria. Si

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eran sorprendidas transgrediendo el voto de virginidad, eran azotadas a vergajazos y enterradas vivas. Los historiadores romanos nos han legado doce casos de esa tortura. Terminado el servicio treintañal, volvían a ser acogidas en sociedad con muchos honores y privilegios y hasta podían casarse. Mas a esa edad difícilmente encontraban marido.

La religión era lo que daba a los romanos, que no conocían el domingo y el week-end, los días de fiesta y de descanso. Había un centenar al año, más o menos los que existen ahora. Pero los celebraban con más empeño. Algunas de aquellas «ferias» eran austeras y conmemorativas, como los lémures (nuestros muertos) en mayo, que cada padre de familia celebraba en casa llenándose la boca de alubias blancas que escupía a su alrededor al grito de: «Con estas alubias, yo me redimo y redimo a los míos. ¡Idos, almas de nuestros antepasados!» En febrero había las par entallas, o las feralias, y las lupercáles, durante las cuales se tiraban muñecos de madera al Tíber para engañar al dios que reclamaba hombres de verdad. Luego había las florales, las liberales, las ambarvalias, las saturnales...

También en este campo reinaba una anarquía tal que la primera razón que impulsó a los romanos a redactar un calendario fue la necesidad de hacer una lista de las fiestas. En los primerísimos tiempos se encargaban de ello los sacerdotes, indicando, mes por mes, cuándo tenían que celebrarse y cómo. La tradición atribuye a Numa Pompilio haber puesto orden en esta materia con un calendario fijo, que estuvo en vigor hasta César. Dividía el año en doce meses lunares, pero dejaba a los sacerdotes el derecho de prolongar o acortar el mes a su juicio, con tal que, al final, se alcanzase la suma de trescientos sesenta y seis días. Y ellos

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abusaron hasta tal punto para favorecer o perjudicar a tal o cual magistrado, que al final de la República el calendario pompiliano se había tornado totalmente opinable y fuente tan sólo de controversias.

Durante la jornada se medían las horas a ojo, según la posición del sol en el cielo. El primer reloj de sol, de manufactura griega, lo importaron de Catania en 263 y lo emplazaron en el Foro. Pero dado que Catania está a tres grados al este de Roma, la hora no correspondía; los romanos se encolerizaron y durante un siglo hubo gran confusión porque nadie supo entender aquella diablura.

Los días del mes estaban divididos según las calendas (el primero), las nonas (el cinco o el siete) y los idus (el trece y el quince). El año, que se llamaba annus, que también quiere decir «anillo», comenzaba en marzo. Después venían abril, junio, quintil, sextil, setiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero y febrero. Un sustituto de domingo era la nundina, que caía de nueve días en nueve días y era lo que en nuestros pueblos es todavía el día de mercado. Los campesinos abandonaban el campo para ir a vender en el pueblo sus huevos y frutos, pero no era una fiesta propiamente dicha.

Para divertirse de verdad, los romanos tenían que aguardar las liberales y saturnales, cuando, dice un personaje de Plauto, «cada cual puede comer lo que quiere, ir adonde le parece, y hacer el amor con quien le parece, con tal de que deje en paz a las esposas, las viudas, las chicas y los chicos».

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CAPÍTULO XI - LA CIUDAD

No se sabe con precisión cuántos habitantes tenía Roma en vísperas de las guerras púnicas. Las cifras suministradas por los historiadores sobre la base de censos inciertos son contradictorias y acaso no tienen en cuenta el hecho de que la mayor parte de los censados debía habitar no dentro de las murallas de la ciudad, el llamado pomerio, sino fuera, en los pueblos diseminados en el campo. En la ciudad propiamente dicha no debía de haber más de cien mil almas: población que a nosotros nos parece modesta, pero que en aquellos tiempos era enorme. Su composición étnica debió ya hacer de ella un centro internacional, pero menos de lo que fuera bajo los reyes Tarquino, quienes, con la pasión etrusca del comercio y del mar, habían requerido a demasiados forasteros, muchos de ellos de difícil asimilación. Con la República, el elemento indígena, latino y sabino, tomó su desquite, se esforzó y posiblemente reguló con más parsimonia la inmigración. Procedía en mayor parte de las provincias limítrofes y estaba constituida por gente más fácil de fusionarse con los amos de la casa.

Desde el punto de vista urbanístico, la ciudad no había progresado mucho bajo los magistrados republicanos, avaros, toscos y de escasas ambiciones. Dos calles principales se cruzaban dividiéndola en cuatro barrios, cada uno de ellos con dioses tutelares propios, los llamados Lari

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compitali, a los cuales se elevaban estatuas en todos los rincones. Eran calles estrechas y de tierra apisonada, que sólo más tarde fueron pavimentadas con piedra extraída del arenal del río. La Cloaca Máxima existía ya, al parecer, en tiempos de los Tarquino. Conducía los detritos de Roma al Tíber, infectando las aguas que habían de servir para beber. En 312, Apio Claudio el Ciego afrontó y resolvió este problema construyendo el primer acueducto que suministró a Roma agua fresca y limpia sacada directamente de los pozos. Y por primera vez los romanos, o al menos los de cierta categoría, dispusieron de suficiente cantidad para poderse lavar. Pero las primeras termas fueron construidas tan sólo después de la derrota de Aníbal.

Subsistían, poco más o menos, las casas que habían edificado los arquitectos etruscos. Sólo se habían embellecido los exteriores, que fueron estucados y decorados con esgrafiados.

Los peligros por que habían pasado impelieron a los romanos a construir sobre todo templos para granjearse la simpatía de los dioses. En el Capitolio se alzaban tres de madera, bastante imponentes y revestidos de ladrillo, a Júpiter, Juno y Minerva.

La ciudad vivía ante todo de la agricultura, basada en la pequeña propiedad privada. Buena parte de la población, incluso del centro, tras haber dormido hacinada sobre la paja, se levantaba al alba y cargando arado y azada sobre el carro tirado por bueyes, se iba a labrar el campo, que en promedio no rebasaba las dos hectáreas. Eran campesinos tenaces, pero no muy progresivos, que no conocían otro abono más que el estiércol animal, ni otra rotación de cultivo más que la del trigo, a las legumbres y viceversa. De

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ésta muchas familias aristocráticas sacaron incluso el nombre: los Léntulo eran especialistas en lentejas los Cepione en cebollas, los Fabio en habichuelas. Otros productos eran los higos, las uvas y el aceite. Cada familia tenía sus gallinas, sus cerdos y, sobre todo, sus ovejas, que proporcionaban lana para los vestidos. En vísperas de la guerra púnica este cuadro idílico había sufrido una ligera alteración. Las expediciones contra las poblaciones limítrofes había despoblado él campo; los caseríos, abandonados, habían caído en ruinas, y el boscaje y la grama enterraron los campos de los veteranos que, para vivir, habían vuelto a la ciudad. El nuevo territorio conquistado a expensas de los vencidos era declarado «agro público» del Estado, que lo revendía a los capitalistas engordados con las contratas de guerra. Así surgieron los latifundios, que los propietarios explotaban con el trabajo de los esclavos, numerosos, y que no costaban casi nada, mientras en la ciudad se formaba una proletariado de ex campesinos pobres en busca de trabajo.

Mas resulta difícil encontrar trabajo porque la industria, tras la caída de los Tarquino, en vez de progresar, había retrocedido. El subsuelo, pobre en minerales, era propiedad del Estado, que lo alquilaba a explotadores de escasa conciencia y competencia. La metalurgia había dado pocos pasos adelante, y el bronce seguía siendo más empleado que el acero. Como combustible no se conocía más que la leña, para procurarse la cual fueron talados los hermosos bosques del Lacio. Sólo la industria textil prosperó bastante y a la sazón existían verdaderas empresas que habían iniciado una producción en serie.

Los obstáculos a la expansión industrial y comercial eran

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cuatro. El primero, de orden psicológico, era la desconfianza de la clase dirigente romana, toda ella agraria, hacia aquellas actividades que pudieran reforzar las clases medias burguesas. El segundo era la carencia de caminos, que no permitía el transporte de materias primas y de sus productos. El primero de ellos, la via latina, construida solamente en 370, casi un siglo y medio después de la instauración de la República, se limitaba a unir la Urbe con los Puertos Albanos. Sólo Apio Claudio, el autor del acueducto, sintió la necesidad, cincuenta años después, de construir una que, efectivamente, llevó su nombre, para alcanzar Capua. Los senadores aprobaron de mala gana grandiosos proyectos sólo porque los generales pedían también un sistema de comunicaciones. El tercer obstáculo era la falta de una flota, desaparecida después de finalizar la supremacía etrusca en Roma. Pequeños armadores particulares habían seguido construyendo algunas naves, pero las dotaciones eran poco valerosas e inexpertas. Desde noviembre hasta marzo no había modo de hacerles salir del puerto de Ostia, donde, por lo demás, el lodo del Tíber bloqueaba las embarcaciones. Una vez engulló doscientas de un bocado. Además, no se aventuraban más allá del pequeño cabotaje, porque no querían perder de vista la costa, pues piratas griegos a oriente y cartagineses a occidente infestaban aquellos parajes. Todo lo cual hace mucho más admirable el milagro que realizó Roma pocos años después afrontando con sus improvisadas flotas las de Aníbal y de Annón.

Un cuarto embarazo para el comercio fue también, en los primeros tiempos, la falta de un sistema monetario. En el primer siglo de República el medio de cambio fue el ganado.

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“Se comerciaba en términos de gallinas, de cerdos, de ovejas, de asnos, de vacas. Las primeras monedas ostentan, en efecto, las imágenes de estos animales, y se llamaron pecunia, de pecus, que quiere decir precisamente «ganado». Su primera unidad fue acuñada con el as, que era un trozo de cobre de una libra. Apenas acababa de nacer, el Estado la devaluó en casi cinco sextos para hacer frente a los gastos de la primera guerra púnica. Por lo que se ve, el engaño de la inflación ha existido siempre y, con sistemas idénticos, se repite desde que el mundo es mundo. También entonces el Estado lanzó un empréstito entre los ciudadanos que, para ayudarle a armar el Ejército, le entregaron todos sus ases de una libra de cobre. El Estado los ingresó, dividió cada uno de ellos por seis y por cada as recibido restituyó una sexta parte al acreedor.

Este as desvalorizado siguió siendo durante mucho tiempo la única moneda romana. Su poder adquisitivo era, según parece, igual al de cincuenta liras de 1957. Luego se desenvolvió un sistema más completo: vino el sestercio de plata, que era dos ases y medio, o sea ciento veinticinco liras; luego el denario, también de plata, igual a cuatro sestercios (quinientas liras); y por fin, el talento de oro, que debía ser precisamente un lingote, pues valía unos dos millones y medio de nuestras liras, y que el noventa por ciento de los romanos jamás vio cómo estaba hecho.

Al revés que nosotros que consideramos los Bancos como iglesias, los antiguos romanos consideraban Bancos a las iglesias y en éstas depositaron los fondos del Estado porque las creían más al resguardo de los ladrones. No existían Institutos gubernamentales de crédito. Los préstamos eran hechos por argéntanos, agentes de cambio

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privados que tenían sus oficinuchas en una callejuela cercana al Foro. Una de las leyes de las Doce Tablas prohibía la usura y fijaba el tipo de interés en el ocho por ciento como máximo. Pero la usura floreció igualmente sobre la miseria y las necesidades de los pobres diablos, que eran muchos y en condiciones desesperadas, porque lo que se llamaba industria era en realidad una profusión de pequeños talleres artesanos que trataban, para vencer la competencia, de rebajar los costos de sus productos escatimando sobre todos los salarios de una mano de obra servil y sin protección de sindicatos. Desorganizada y sin jefes, no hacía huelgas contra los patronos.

Hacía, de vez en cuando, verdaderas guerras, que se llamaron precisamente serviles y que expusieron a riesgos el Estado. En compensación, había los «gremios de oficios», reconocidos también con el nombre de «colegios» desde los tiempos de Numa, al parecer. Había el de los alfareros, de los herreros, de los zapateros, de los carpinteros, de los tocadores de flauta, de los curtidores, de los cocineros, de los albañiles, de los cordeleros, de los fundidores, de los tejedores y de los «artistas de Dionisio», como se llamaba a los actores. Y por ellos podemos deducir cuáles fueron los oficios de los romanos de la ciudad. Estaban, empero, controlados por funcionarios del Estado, los cuales no permitían que en ellos se debatiesen cuestiones de salarios o de sueldo y que, cuando observaban que los descontentos aumentaban peligrosamente, procedían a alguna distribución gratuita de trigo. Los miembros se reunían en los colegios para conversar sobre cuestiones de la profesión, jugar a los dados, beber un vaso de vino y ayudarse entre sí. Eran unos pobres diablos, entre los que había también

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algunos que eran libres y con derechos políticos. No pagaban impuestos y hacían poco servicio militar, en tiempo de paz, claro. Mas en tiempo de guerra morían como los demás.

Los escritores romanos cuyas obras han llegado a nosotros y que florecieron mucho tiempo después, embellecieron bastante ese período de la Roma estoica. Lo hicieron por motivos polémicos, para oponer las virtudes antiguas a los defectos de su época. La República no fue inmune a graves defectos y si bien bajo ella fue fundado el Derecho, no puede decirse que la justicia triunfase.

Es verdad, sin embargo, que los ciudadanos vivieron en ella más incómodos y sacrificados, pero más ordenados y sanos que los del Imperio. Tampoco entonces la moralidad era rígida, pero el vicio se mantenía en su «sede» y no contaminaba la vida de la familia basada en la castidad de las muchachas y la fidelidad de las esposas. Los hombres, después de algunos libertinajes con las prostitutas, se casaban pronto, a los veinte años. Y a partir de entonces estaban demasiado atareados en mantener mujer e hijos para entregarse a pasatiempos peligrosos.

El matrimonio era precedido por el noviazgo, que, en general, era decidido por los padres, a menudo sin preguntárselo siquiera a los interesados. Era un verdadero contrato que consideraba especialmente las cuestiones patrimoniales y de dote, el cual se sellaba con un anillo que el joven ponía en el anular de la muchacha, por donde se creía que pasaba un nervio que iba al corazón.

El matrimonio era de dos especies: con mano o sin mano. Con el primero, el más común y completo el padre de la novia renunciaba a todos sus derechos sobre ella a favor del

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yerno, que se convertía prácticamente en el dueño. Con el segundo, que dispensaba de la ceremonia religiosa, los conservaba. El matrimonio con mano acaecía por uso, o sea después de un año de cohabitación de los novios por coemptio, o sea por adquisición, o por confarreatio, cuando comían juntos un dulce. Este último quedaba reservado a los patricios y requería una solemne ceremonia religiosa con cantos y cortejos. Las dos familias se reunían con amigos, siervos y clientes en casa de la novia, desde la cual, con acompañamiento de flautas, cantos de amor y apóstrofes groseramente alusivos, iban en procesión hacia la del novio. Cuando el cortejo llegaba a destino, el novio, desde detrás de la puerta, preguntaba. «¿Quién eres?» Y la novia contestaba: «Si eres Ticio, yo soy Ticia». Entonces el novio la levantaba en brazos y le presentaba las llaves de la casa. Y ambos, con la cabeza baja, pasaban bajo un jugo por significar que se sometían a un vínculo común.

Teóricamente existía el divorcio. Mas el primero del que tenemos noticia ocurrió dos siglos y medio después de la fundación de la República, si bien una regla de honor lo hiciese obligatorio en caso de adulterio por parte de la mujer (el marido era libre de hacer lo que le pareciese). En aquellos tiempos, las mujeres eran más bien feúchas y toscas, de piernas cortas y de «junturas» pesadas. Las rubias, rarísimas, eran más cotizadas que las morenas. En casa llevaban la stola, especie de túnica abisinia larga hasta los pies, de lana blanca cerrada al pecho con un alfiler. Cuando salían, se ponían encima la palla, o capa.

Los varones, más robustos que guapos, de rostro curtido por el sol y nariz recta, llevaban de chicos la toga pretexta, orlada de púrpura: y después del servicio militar, la viril,

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enteramente blanca, que cubría todo el cuerpo, con un pico doblado sobre el hombro izquierdo que caía bajo el brazo derecho (que así quedaba libre) y volvía sobre el hombro izquierdo. Los pliegues servían de bolsillos. Hasta el año 300 antes de Jesucristo los hombres llevaron barba y bigote. Luego, prevaleció la costumbre de afeitarse, que a muchos les pareció audaz y en contraste con aquella gravedad a que estaban apegados los romanos, como hoy se está apegado, en cambio, al desenfado.

Una sobriedad espartana regía incluso en las casas de los grandes señores. El mismo Senado se reunía en toscos bancos de madera dentro de la Curia que no tenía calefacción ni en invierno. Los embajadores cartagineses que vinieron a pedir la paz después de la primera guerra púnica divirtieron mucho a sus compatriotas, derrochadores y sibaritas, contándoles que, en las comidas que les ofrecieron los senadores romanos, habían visto siempre el mismo plato de plata que evidentemente se prestaban unos a otros.

Los primeros signos de lujo aparecieron con la segunda guerra púnica. Y en seguida fue promulgada una ley que prohibía las alhajas, vestidos de fantasía y comidas demasiado costosas. El Gobierno quería mantener ante todo una sobria y sana dieta a base de un desayuno de pan, miel, aceitunas y queso, un almuerzo a base de vegetales, pan y fruta y una cena en la que sólo los ricos comían carne o pescado. Bebían vino, pero casi siempre con agua.

Los jóvenes respetaban a los viejos, y tal vez en el ámbito de la familia y de las amistades había expresiones de amor y de ternura. Mas, en general, las relaciones entre los hombres eran rudas. Se moría fácilmente y no tan sólo en la guerra. El trato a los esclavos y prisioneros era despiadado.

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El Estado era duro con los ciudadanos, y feroz con el enemigo. Sin embargo ciertos actos suyos fueron de auténtica fuerza moral. Cuando por ejemplo, un sicario fue a proponer envenenar a Pirro, cuyos ejércitos amenazaban Roma, los senadores no sólo rechazaron tal sugerencia, sino que informaron al rey enemigo del complot que se tramaba contra él. Y cuando, después de haberlos derrotado en Cannas, Aníbal mandó diez prisioneros de guerra a Roma para tratar del rescate de otros ocho mil, con el compromiso, si no lo lograban, de regresar y uno de ellos lo transgredió quedándose en la patria, el Senado le puso grilletes y lo devolvió esposado al general cartaginés, cuya alegría por la victoria, dice Polibio, quedó nublada por aquel gesto que le demostró con qué clase de gente se las había.

En suma, el romano de aquella época se parecía bastante al tipo que idealizaron los historiadores a lo Tácito y a lo Plutarco. Le faltaban muchas cosas: el sentido de las libertades individuales, el gusto por el arte y por la ciencia, la conversación, el placer de la especulación filosófica (de la que más bien desconfiaba) y sobre todo, el humorismo. Pero tuvo lealtad, sobriedad; tenacidad, obediencia y sentido práctico.

No estaba hecho para comprender el Mundo y gozar de él. Estaba hecho tan sólo para conquistarlo y gobernarlo.

Aparte las fiestas religiosas, tenía pocos pasatiempos. Hasta 221 antes de Jesucristo, cuando fue construido el Flaminio, Roma poseyó un solo Circo: el Circo Máximo, atribuido a Tarquino Prisco, donde se iba a admirar las luchas entre esclavos, que casi siempre terminaban con la muerte del vencido. Las mujeres también podían asistir y la entrada era gratuita. Los gastos fueron al principio de cuenta

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del Estado, después, de los ediles, para hacerse una propaganda electoral. Alguno de ellos, a copia de financiar espectáculos de calidad, lograba alcanzar el consulado, como ahora ciertos presidentes de sociedades de fútbol se convierten, cuando su equipo gana, en concejales o diputados.

Además de esas diversiones, normales por decirlo así, que alegraban la vida austera y fatigada de los romanos, había el «triunfo» que se prodigaba al general superviviente de una victoria en la que hubiese matado al menos cinco mil soldados enemigos. Si había llegado tan sólo a cuatro mil novecientos noventa y nueve, tenía que contentarse con sólo una «ovación», llamada así porque consistía en el sacrificio de una ovis, una oveja, en su honor.

Para el «triunfo» se organizaba en cambio una imponente procesión fuera de la ciudad, a cuyas puertas, general y tropas, habían de deponer las armas y pasar bajo un arco de madera y de ramajes que sirvió de modelo a los que más adelante se construyeron de toba calcárea. Una columna de trompeteros abría el cortejo. Detrás iban los carros cargados con el botín de guerra, y después, rebaños y manadas enteras destinados al matarife; luego, los jefes enemigos encadenados. Y por fin, precedido de lictores y flautistas, el general, de pie sobre una cuadriga pintada con vivos colores, con una toga purpúrea sobre los hombros, una corona de oro en la cabeza, un cetro de marfil y un ramo de laurel. Le rodeaban sus hijos y le seguían, a caballo, parientes, secretarios, consejeros y amigos. El general subía a los templos de Júpiter, Juno y Minerva en el Capitolio, depositaba el botín a sus pies, hacía reunir los animales que tenían que degollarse y, como ofrenda supletoria, ordenaba

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la decapitación de los comandantes enemigos prisioneros.

El pueblo se regocijaba y aplaudía. Pero por parte de los soldados era costumbre lanzar palabras y pullas mordaces a su general, denunciando sus debilidades, defectos y ridiculeces, para que no se ensoberbeciera y llegase a creerse un padre eterno infalible. A César, por ejemplo, le gritaban; «Déjate de mirar a las matronas, calabaza monda. ¡Confórmate con las prostitutas...! »

Si se pudiera hacer otro tanto con los dictadores de nuestro tiempo, tal vez la democracia no tendría ya nada que temer.

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CAPÍTULO XI - CARTAGO

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva». Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

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Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Utica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales. Y así como hoy está de moda refugiarse en Tánger, entonces lo era refugiarse en Cartago.

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante

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porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigiledad.

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba las mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sahara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma había comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco; unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que

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rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos al año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, los más pobres; y en palacios con jardín y piscina, los más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas

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con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, mas superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón.

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides puntea, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre las cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos todo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

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Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal- Moloch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal-Haman y Tanit. Debajo de éstos estaban Melkart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal-Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos. Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados.

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por

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la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigiledad.

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros,

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vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie, entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hundida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

Pero, fijaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las repartió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentarnos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

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Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia el Oeste, donde se alzaba la ciudad.

En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo que, al parecer, fue el orgullo de Cartago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.

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CAPÍTULO XII - RÉGULO

El pacto estipulado con Cartago en 508 antes de Jesucristo, cuando se encontraban presos entre la revolución, en el interior, y la guerra con etruscos, latinos y sabinos en el exterior, comprometía a los romanos a no avanzar nunca sus naves, por ninguna razón, más allá del estrecho de Sicilia y a no desembarcar en Cerdeña y en Córcega más que en caso de «fuerza mayor», es decir, para abastecerse O para efectuar alguna reparación en los astilleros.

Eran, ciertamente, limitaciones graves, pero Roma no había sufrido mucho por ellas pues su flota, que apenas podía llamarse tal, estaba totalmente en manos de los armadores etruscos, que, con la constitución de la República, habían perdido dinero e influencia política. En el mar, del que los senadores latinos sabinos, todos «rurales», se les daba un ardite y no comprendían nada, Roma contaba bien poco en aquel tiempo y, por tanto, había renunciado a lo que no tenía. Tal vez incluso ignoraba los grandes cambios que precisamente en aquellos años se habían producido en el llamado «equilibrio de las potencias navales» del Mediterráneo. Veámoslo a grandes rasgos.

En la cuenca oriental, al este del estrecho de Sicilia, se había sostenido, durante siglos, una guerra entre las flotas fenicia y griega que ahora se estaba resolviendo a favor de la

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segunda. Primero el Egeo y después el Jónico habían caído en manos helénicas, de lo cual Italia se dio cuenta cuando los vencedores, cada vez en mayor número, comenzaron a desembarcar en las costas meridionales y sicilianas, donde fundaron colonias que más tarde se convirtieron en un verdadero imperio; la Magna Grecia, Catania, Siracusa, Heracles, Crotona, Mesina, Síbari, Reggio, Naxos, fueron en sus tiempos, flor de metrópolis. Desgraciadamente, junto con sus dioses, su filosofía, su teatro y su cultura, aquellos pioneros se llevaron consigo de la madre patria también el vicio de litigar. Vicio que debería perderles en la lucha contra Roma. Pero, de momento, eran los dueños de la zona.

En la cuenca occidental, en cambio, los fenicios habían vencido por obra y gracia de la más joven de sus colonias: Cartago, que, a su vez, había fundado numerosísimas colonias, mas no solamente en la costa norteafricana, sino también en las portuguesas, francesas, corsas y sardas, de tal modo que todo el Mediterráneo quedó convertido en un lago cartaginés.

Cuando Roma, bajo los reyes, había sido dueña de Etruria y, por tanto, también de su flota, estuvo varias veces en contacto con Cartago, contactos que probablemente no siempre fueron de los más corteses. En aquellos tiempos la «guerra en corso» era corriente y no comprometía más que a los capitanes y a las tripulaciones que la hacían. Una nave abordaba a otra, aun de compatriotas, la despojaba, echaba al mar los marineros, y ahí terminaba todo.

Después, Roma desapareció como potencia mediterránea. No quedaban frente a frente más que los griegos de la Magna Grecia y los fenicios de Cartago: unos al este y otros al oeste de Sicilia, cuyas costas se habían

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repartido; las orientales eran griegas y las occidentales cartaginesas. Se miraban entre de reojo y vivían en perpetuo estado de «guerra fría», con episodios de guerra caliente, seguidos por armisticios y «distensiones». Unos y otros estaban convencidos de que tarde o temprano tendrían que llegar a un ajuste de cuentas, pero no se imaginaban que éste acabaría en beneficio de un tercero.

Nadie puede decir con certeza si Roma sabía lo que se hacía y si midió las consecuencias de su gesto cuando decidió aceptar las ofertas de los mamertinos.

Eran éstos una banda de mercenarios, enrolados en todas partes de Italia por Agatocles da Siracusa para combatir a los cartagineses. En el momento de licenciarse, en 289, en vez de regresar a sus casas, donde acaso les aguardaba una orden de detención, formaron una banda, asaltaron Mesina, la saquearon, exterminaron su población y se establecieron como dueños, arrogándose aquel bufo y presuntuoso nombre de «mamertinos» que quería decir nada menos que «hijos de Marte».

Durante una veintena de años las hicieron de todos los colores. Cruzaban el estrecho para incendiar y destruir las poblaciones de la costa calabresa de enfrente. Habían causado molestias a Pirro, habían causado molestias a los romanos. Y ahora, a fines del 270, se encontraban sitiados por Hierón, que quería acabar con ellos de una vez para siempre.

Para sustraerse al castigo que sin duda hubiera sido ejemplar, los mamertinos pidieron ayuda a los cartagineses, quienes mandaron un ejército y ocuparon la ciudad. Visto que la regla «un clavo saca otro clavo» había funcionado, los mamertinos pensaron aplicarla una vez más y poco después

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llamaron a los romanos para que acudiesen a liberarles de los «libertadores» cartagineses. Corría el año 264, Y habían transcurrido dos siglos y medio desde que Roma y Cartago concluyeran aquel solemne pacto de alianza que, en fin de cuentas, funcionaba bien y que había sido confirmado veinte años antes, cuando Cartago acudió en ayuda de Roma en su lucha contra Pirro.

Pero Sicilia, donde querían poner pie, era para los romanos el Eldorado. Los que habían estado allí no hacían sino alabar sus riquezas y bellezas. La invitación de los mamertinos era de las que cuesta rehusar.

Tal vez, sin embargo, habría sido declinada, si los senadores hubiesen tenido la libertad de decidir por mismos: sabían adónde había de conducirles aquella intervención. Pero, ya entonces, ciertas elecciones tenían que estar reservadas a la Asamblea Centuriada, en la cual predominaban las clases burguesas-industriales y mercantiles que en las guerras habían mojado siempre el pan y que, precisamente por eso, eran nacionalistas y patrioteras a ultranza. Quien nada tenía esperaba obtener algo, acaso una granja en alguna nueva colonia; quien poseía esperaba multiplicarlo. Y es difícil poner objeciones contra quien habla, o dice hablar, en nombre de la patria y de los Destinos Infalibles.

La Asamblea Centuriada decidió aceptar la oferta y encomendó la ejecución de la empresa al cónsul Apio Claudio. En la primavera de 264, tras algunas tentativas infructuosas, una pequeña escuadra romana a las órdenes del tribuno Cayo Claudio, logró cruzar el estrecho y entró por sorpresa, con la ayuda de los mamertinos, en Mesina, donde hizo prisionero al general cartaginés Annón, dándole

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a elegir: la cárcel, o la retirada de sus hombres de la ciudad.

Annón debía de ser un hombre acomodaticio. Pocos meses antes había devuelto a Apio Claudio unas trirremes romanas que a causa de una tempestad naufragaron en las costas sicilianas, como queriéndole decir: «¡Cuidado, no hagáis tonterías!» Ahora, frente a aquella amenazadora alternativa, no vaciló, y a la cabeza de su pequeño ejército volvió a casa, donde, como recompensa, le crucificaron. Cartago no estaba evidentemente dispuesta en absoluto a tragar aquello, y, en efecto, en seguida puso en campaña otro Annón al frente de otro ejército. El nuevo general desembarcó en Sicilia y como primera medida se propuso llegar a un acuerdo con los griegos. En seguida se entendió con los de Agrigento e inmediatamente después, en Selinonte, recibió una embajada de Hierón de Siracusa que aceptaba una alianza con él. Estaba claro que los griegos preferían el viejo enemigo al nuevo.

Apio Claudio, que contaba con la secular discordia grecofenicia, se encontró cogido por sorpresa con el grueso de su ejército todavía en Calabria. Y entonces recurrió a la astucia. Hizo cundir la noticia de que la situación le obligaba a regresar a Roma para recibir órdenes y, en efecto, mandó algunas embarcaciones a navegar rumbo al Norte. Tranquilizados, los cartagineses disminuyeron la vigilancia en el estrecho.

Y Apio lo aprovechó para desembarcar sus fuerzas, veinte mil hombres, un poco más al sur de Mesina, a la vista del campamento siracusano, que asaltó.

Hierón salió de apuros bastante bien. Pero la aparición imprevista de aquel ejército le hizo sospechar una traición por parte de Annón, a quien dejó plantado, para volver

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rápidamente a Siracusa. Aislados así los cartagineses, Apio se les echó en seguida encima, mas esta vez sin triunfar en la empresa. Entonces, dejando un destacamento para rodear Mesina, corrió detrás del otro enemigo por considerarlo más débil. Pero Hierón era un buen capitán e infligió una severa derrota a los romanos. Apio salvó, el pellejo de milagro y hubo de darse cuenta de que la empresa era menos fácil de lo que se había pensado en Roma. Por lo que, dejando parte de sus fuerzas vigilando a Annón, volvió a la Urbe para informar y pedir refuerzos.

Los refuerzos se los dio, sobre todo, la diplomacia que reanudó las relaciones con Hierón, atrayéndoselo nuevamente al campo romano. Era un buen golpe. Pero después de Siracusa, había que conseguir también Agrigento y ahí la diplomacia nada podía porque en Agrigento había una guarnición cartaginesa. Los romanos la sitiaron y al cabo de siete meses obligaron a los ocupantes a intentar una salida desesperada por el hambre, y los derrotaron.

Los cartagineses pusieron inmediatamente un segundo ejército en campaña y se lo confiaron a Amílcar (que no tiene nada que ver con su homónimo, padre de Aníbal). Éste comprendió que con los romanos, por tierra, no había nada que hacer y se puso a atacar con la escuadra todas sus plazas fuertes marítimas, alcanzando una victoria tras otra.

Aquí fue donde se vio lo que Roma era. No tenía naves ni marinos. En pocos meses, gracias al esfuerzo común de todos los ciudadanos, botó ciento veinte unidades. Amílcar, que poseía ciento tres, fue a su encuentro sin tomar siquiera las habituales medida de prudencia. Y se encontró frente a los «cuervos», extraños artilugios que, izados a proa de las naves romanas, impedían maniobrar a las enemigas. Perdió

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un tercio de sus fuerzas y huyó.

Cuando en Cartago lo supieron se quedaron atónitos, convencidos como estaban de poder dar lecciones a todos en el mar. En Roma se enorgullecieron y decidieron llevar la guerra, a través del Mediterráneo, hasta el corazón del enemigo. A la primera escuadra se sumó otra: en total, trescientos treinta bajeles con ciento cincuenta mil hombres, a las órdenes del cónsul Atilio Régulo. Contra ella, Cartago puso en pie de guerra otra de fuerzas iguales, a las órdenes de Amílcar. El encuentro tuvo lugar en el litoral de Marsala. Los romanos pagaron su incierta victoria con veinticuatro naves, y los cartagineses su derrota, con treinta. Pero Régulo pudo desembarcar en África, en cabo Bon.

Ahora le tocaba a Cartago demostrar lo que era.

Y lo demostró. Tuvo algunos titubeos ante los primeros éxitos de los romanos que, con la ayuda de los númidas sublevados, habían llegado a treinta kilómetros de su ciudad. Y mandaron una embajada para pedir la paz. Régulo impuso por cuenta propia condiciones inaceptables. Y entonces los cartagineses se dispusieron al duelo mortal. Perdida la confianza en sus generales, confiaron el mando a un griego de Esparta, que equivale a decir lo que hoy un alemán de Prusia: Xantipo. Éste reorganizó con métodos expeditivos y «fusilamientos» sumarios el Ejército, aportando los nuevos criterios sobre el empleo de la caballería y de los elefantes que Aníbal había de aprovechar después admirablemente.

La batalla decisiva tuvo lugar cerca de Túnez. Del ejército romano sólo se salvaron dos mil hombres que se encerraron en cabo Bon. Régulo fue hecho prisionero. Era el año 255 antes de Jesucristo.

Roma necesitó cinco años para rehacerse, material y

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moralmente, de aquel desastre, que había vuelto a llevar la guerra a Sicilia. En aquel lustro, las vicisitudes fueron alternas, pero en general favorables a los cartagineses. Hasta que un día, su general Asdrúbal, en una tentativa para recuperar Palermo, fue derrotado, dejando veinte mil hombres en el campo. Cartago, cansada y pensando que también el adversario lo estaría, liberó de la prisión a Régulo y le mandó a Roma con sus embajadores para fomentar allí proposiciones de paz. De haber sido rechazadas, él se comprometía bajo palabra a volver. El Senado le invitó a expresar su parecer ante los plenipotenciarios enemigos. Régulo sostuvo que era preciso continuar la guerra. Y cuando fue aceptado su parecer, reemprendió el camino de Cartago a pesar de las súplicas de su mujer. Le